Hasta la sequía que viene

Mark Adkinson TRIBUNA

OPINIÓN

L as últimas lluvias han alejado el fantasma de la sequía en Galicia. Esta tradicional expresión alude a cierto fatalismo popular y a su consideración por la vieja política del agua como algo extraordinario a lo que hay que hacer frente con medidas también extraordinarias, carísimas y siempre por la vía de urgencia y sin control real, siendo el reciente y triste caso de Vigo el ejemplo precisamente de lo que no hay que hacer.

Por el contrario, sabemos desde hace décadas que las sequías son consustanciales a nuestro clima y que por tanto hay que hacerles frente con medidas serenas y a largo plazo, basadas principalmente en la gestión de las aguas subterráneas, el ahorro estructural mediante planes de gestión de la demanda y el tratamiento local del ciclo del agua.

Está más que comprobado que las ciudades abastecidas con aguas subterráneas logran sobrepasar los ciclos naturales de sequía sin mayores sobresaltos porque los acuíferos funcionan como grandes reservorios que se superponen por largos períodos de tiempo a la capacidad efectiva de embalsamiento de las aguas superficiales, las cuales dependen de las lluvias. Por tanto, el reincidir en las aguas superficiales, como en Vigo, A Coruña y Caldas de Reis, conlleva el aumentar el riesgo de desabastecimiento, como así hacen sus gobiernos locales y la Xunta. Además, causa asombro ver cómo se desperdician miles de litros de agua cada día del acuífero perforado por el AVE en Vigo, mientras su alcaldía apuesta por medidas propias de 1940, como seguir represando ríos.

Desde el punto de la demanda de agua, hay que emplear medidas como el cobro del coste real del ciclo del agua que castigue su derroche y financie el sostenimiento del tratamiento integral del agua, verdadero motor de eficiencia. Además, se precisa promover la depuración y la reutilización del agua, especialmente para usos industriales y riego de parques, así como la renovación completa de las redes, por cierto una gran fuente de empleo. Casos como el de Sevilla son dignos de elogio, pues con miles de vecinos más su consumo bruto se ha reducido en veinte años en un 35 %, lo que ha demostrado el despilfarro del nuevo y enorme embalse de Melonares.

La experiencia nos demuestra que la mejor manera de abordar un problema territorial es hacerlo localmente, pues el caos urbanístico actual y la política de grandes, ineficientes y carísimas obras públicas son la muestra palmaria de un error que, aunque beneficie al lobby de las obras públicas y a ciertos políticos que siguen su dictado, lastran el bienestar general y la buena ordenación del territorio, dado que no se adaptan a las necesidades concretas de las poblaciones y sus beneficios se exageran a beneficio de inventario, de igual modo que se minimizan sus costes económicos y ambientales.

Ahora es el tiempo de que los concellos y la Xunta dejen de mirar con anteojeras al pasado y se liberen de la vieja política del agua, cuyo fracaso es patente.