La Unión Europea no atraviesa el momento de mayor popularidad entre sus ciudadanos, y esto es más preocupante por lo que oculta que por lo que revela. Me explico. Lo que este dato oculta es que nunca fuimos mucho más europeístas que ahora. Y lo que revela es que conocemos mal la verdadera entraña -el objetivo y la historia- de este gran logro que es la UE. El aparente o real escepticismo actual carece de argumentos sólidos y obedece sobre todo a un estado de ánimo derivado de la crisis económica. No se hizo la UE para que fuese popular, sino para situar a las naciones europeas -y a sus ciudadanos- en un espacio posbélico de desarrollo común y de esfuerzo compartido, con unas leyes que constituyen una auténtica vanguardia de la civilización. Conviene recordar esto ahora que pintan bastos y surgen desafectos del europeísmo dispuestos a sembrar desconfianzas y recelos. Debieran repasar los textos fundacionales para saber que hablan de superar un pasado de guerras sangrientas y de construir un futuro común, democrático y solidario.
Lo dicho no significa que todo se esté haciendo bien por parte de los Estados y de la UE. La crisis no era un imposible metafísico y la prueba es que está ahí con toda su crudeza y su fuerza distorsionadora. Pero nos ofrece una oportunidad de avanzar en la integración, dotándola de todo lo que aún le falta para ser, no ya mercado común, sino una verdadera unión política, esto es, unos Estados Unidos de Europa. Las crisis sirven también para apretar el acelerador y dar pasos que ya se debieran haber dado, pero que la prosperidad común permitió demorar o no considerar urgentes. Ahora la respuesta que urge es más Europa.
¿Estamos en el buen camino? Las apariencias engañan, la respuesta es sí. No contamos con la mirada larga de los fundadores (Monnet, Adenauer, Schuman o Gasperi), ni con la de Kohl, pero tenemos la corta y severa de Merkel, disciplina tal vez necesaria. Quizá tampoco ella trata de ser popular entre nosotros, pero sí pragmática y esperemos que eficaz.