Les habían dado la primicia a dos finlandeses que se pusieron a tiro. Rajoy auguró al primer ministro que la reforma laboral le iba a costar una huelga general. De Guindos adelantó al comisario europeo de Asuntos Económicos que sería «extremadamente agresiva». Se les puede atribuir la invención de una nueva expresión, «hacer un finlandés», es decir desahogarse con un dirigente de ese país antes de contar a los ciudadanos del propio lo que van a hacer. Tras el Consejo de Ministros del viernes y, sobre todo, de la lectura del decreto en el BOE del día siguiente -ya que a Sáenz de Santamaría y Báñez se les «olvidó» contar el «pequeño detalle» de que las empresas podrán bajar discrecionalmente los sueldos de los trabajadores-, esas confesiones en la intimidad cobraron todo su sentido. Antes, el presidente había pintado un 2012 con tintes muy negros, en el que el paro continuará su desbocada carrera hacia los seis millones, pese a los cambios radicales en la legislación laboral.
Frente al suicida optimismo antropológico de Zapatero, Rajoy ha optado por describir la pésima situación económica, lo que es lógico porque le beneficia incidir en la catastrófica herencia recibida. Pero esta estrategia de ponerse la venda antes de que se produzca la herida tiene fecha de caducidad. Lo realmente grave es que si las medidas que está poniendo en marcha -algunas en contra de lo que prometió, como subir los impuestos y abaratar el despido- no funcionan en un plazo razonable, esta España que ya está en estado comatoso y con respiración asistida podría perder el pulso definitivamente.