A medida que los señores ministros van tomando confianza, se animan a soltar la lengua y prometen momentos muy entretenidos en la política nacional. Ayer quien nos animó el día fue don Alberto Ruiz-Gallardón, hombre satisfecho de sí mismo, porque ha sido llegar y besar el santo, «chegar e encher» que decimos en Pol: antes de explicar cuáles son sus ideas y proyectos como titular de Justicia, la primera encuesta del CIS ya lo daba como el ministro más valorado del Gabinete. Ayer, además, se colocó como abanderado verbal del sector progresista del PP. Digo verbal o teórico, porque quien hace días nos sorprendió con unas contrarreformas tan conservadoras que desbordaban a Aznar por la derecha, se pasó a considerar constitucional la ley de matrimonios homosexuales.
Seguramente tiene razón, y además deseo que tenga razón, pero sus palabras han sonado como las de un elefante destrozando toda la cacharrería doctrinal del PP. De un plumazo derribó toda la artillería que ese partido había dirigido contra Zapatero cuando se le ocurrió redactar esa discutida ley. No es que el PP la haya rechazado en bloque como una herejía; es que argumentó que se destruía la familia tradicional y la recurrió ante el Tribunal Constitucional.
No es extraño que una batería de ministros y dirigentes se hayan apresurado a invocar ortodoxia oficial, devolver a Gallardón a la categoría de verso suelto y decir que el partido no piensa así y que por encima de las opiniones personales está la posición del partido. Más allá de la anécdota y la trifulca, me quedo con esta frase, que pone de relieve una de las deficiencias del sistema: el criterio de la persona, por importante que sea, importa poco. La posición del partido es el dogma, y fuera de ese dogma no existe la verdad ni la libertad de pensamiento.
Quiero suponer que Gallardón no es el único que piensa que los matrimonios gais no atentan contra la Constitución. Quizá lo piense el propio Rajoy. Y entonces hay que preguntarse: ¿cuándo llegaron a esa conclusión? ¿Acaso fue cuando ZP aprobó la ley, pero había que oponerse por conveniencia electoral? ¿Acaso cuando llegaron al Gobierno y sufrieron un ataque de templanza? ¿Acaso cuando percibieron que anular esa ley los arrojaba más a la derecha? No lo sé. Lo único cierto es que la han recurrido y ahora son conversos que no se atreven ni a retirar el recurso ni a reformar la ley, al contrario de lo que harán con el aborto. Esperan que el TC les saque las castañas del fuego. Con lo cual, este episodio deja un penoso balance: consagra el dogma partidario, descubre las miserias electorales, revela poca valentía para rectificar y se carga la iniciativa política personal y la libertad de pensar.