Hay una frase del poeta y novelista inglés Thomas Hardy que me parece un hallazgo por lo que tiene de sana reivindicación del pesimismo. Júzguenla ustedes. Dice: «El pesimismo es un juego seguro, hasta el punto de que no puedes perder nunca, solo ganar. Es el único punto de vista desde el que nunca te sentirás decepcionado». Tal vez por ello empecé a respetar cada vez más a los pesimistas, aunque ya sé que no siempre tienen la razón. Pero me gustan sus ardides defensivos. A fuerza de imaginar batacazos inexistentes se libran de muchos reales. De esto no cabe la menor duda.
Al gran escritor portugués José Saramago también le gustaban los pesimistas. «Son los únicos interesados en cambiar el mundo -decía-, porque los optimistas están encantados con lo que hay». Otros muchos intelectuales se han manifestado de modo parecido. Sin embargo, creo que el número de pesimistas se ha disparado en los últimos tiempos, y esto tampoco es positivo. Porque el resultado parece un acuerdo social tan extendido como sospechoso, sobre todo por lo que tiene de abandonista y desmotivador.
Llegados a este punto hay que reconocer que el pesimismo, que en los buenos años siempre nos permitía ganar, hoy puede ser una garantía de derrota. Porque los tiempos han cambiado, y lo que era un juego se ha convertido en un peligroso hastío que nos desarma para el desafío cotidiano. Lo cual me lleva a la conclusión de que hay que diferenciar entre los pesimistas que quieren cambiar el mundo (los que reivindicaba Saramago) y los que han abandonado toda esperanza de poder hacerlo. Son estos últimos los que ahora abundan en exceso y nos aburren con sus desmayados lamentos. Ni siquiera son capaces de ver que casi todos los tiempos pasados fueron peores.
Yo aún simpatizo con los pesimistas talentudos, capaces de dinamitar la estupidez que aureola la cara de algunos engreídos. Pero la realidad me ha hecho distinguir entre el optimismo valeroso y creativo de los que sacan pecho y afrontan las dificultades, y el optimismo pedante y vacuo de quienes lo fían todo al azar. La esperanza hoy está en los optimistas combativos y en los pesimistas que quieren cambiar el mundo.