P róxima estación, la huelga general. Lo bueno es que el presidente cuenta con ella por una deducción lógica elemental: si le hicieron una huelga a Zapatero por una reforma laboral tibia, además de inútil, mucha más huelga habrá que hacer por una reforma que tiene todo el aspecto de ser contundente. Lo curioso es que para el señor Rajoy no deja de ser una buena noticia: hace meses tenía una hoja de ruta en la que contaba con dos o tres huelgas generales en seis meses. Si al final de su frenesí reformista se queda en una, felicidades: o el nuevo Gobierno solo es duro al legislar el trabajo, o la sociedad española acepta todo lo que le venga.
Yo entiendo que hay que celebrar esta indiscreción de los micrófonos, que permitió descubrir lo que no conseguimos en el ejercicio del periodismo: los pensamientos y temores íntimos del presidente. Se sigue cumpliendo la tradición de conocer nuestro destino cuando los gobernantes viajan al extranjero. Se confirmó que cualquier dirigente de otro país sabe más que nosotros de lo que el poder nos tiene preparado.
Solo queda una pregunta: ¿qué tipo de reforma tiene Rajoy en la cabeza para sospechar que se puede paralizar el país? Solo intuyo una pista: el Gobierno se aproximará más a patronal que a los sindicatos. Eso es lo que exigen los mercados, que vuelven a hacer una formidable demostración de poder. Si esos mercados requieren tranquilizarse con un despido más barato, vayan contando ustedes con él.
Cuestión distinta es plantear para qué sirve una huelga general. Es un derecho, está claro. Pero ni tenemos constancia de la fortaleza sindical, ni creemos que la sociedad española esté dispuesta a pararse. Hay descontento, sí, y más que habrá; pero las protestas que estamos viendo son sectoriales, de defensa de lo propio, pero falta el aglutinante que hubo aquel 14-D que le hizo decir a Felipe González «he recibido el mensaje». Entonces, además de razones para la gran protesta, había el impulso de castigar la prepotencia del Gobierno. Creo que hoy domina más la esperanza de que el Gobierno arregle esto que el cabreo por su forma de gobernar.
Y un apunte final: queramos o no, Rajoy ha convocado la huelga. Su ministra Báñez, al apelar a la aprobación «de toda la sociedad», enfrenta a esa sociedad con los sindicatos. Peligroso, porque los sindicatos tendrán que formalizar la huelga.
De lo contrario, ¿cómo se justificarían después de anunciarla el presidente? Méndez, Toxo o la CIG ya están obligados a formalizar la huelga. Y, como no servirá para nada, acabará siendo un carísimo trámite no parlamentario para aprobar la reforma; un precio que se paga y ya está.
Cuando hay un Gobierno fuerte, ese es siempre el destino final.