Afalta de unos días para que el PSOE elija al sucesor de Zapatero, sabemos que hay dos aspirantes que optan a ocupar el puesto de mando, pero apenas nada sobre sus proyectos, más allá de una serie de generalidades y eslóganes de escaso contenido. Rubalcaba exhibe su experiencia de eterno superviviente, de político eficaz que siempre ha sabido hacerse imprescindible y que pretende volver a serlo ahora, como secretario general, tras protagonizar una derrota sin precedentes en las urnas. Las credenciales que muestra Chacón son su juventud, la renovación que dice representar, aunque sea un producto químicamente puro del zapaterismo, y su condición de mujer, junto a una retórica notable cocinada en su factoría mediática.
El debate de ideas ha brillado por su ausencia en las campañas de ambos y es casi imposible encontrar diferencias en sus programas. Esto hace que sea un duelo de personalidades, egos y estilos, entre lo viejo y lo supuestamente nuevo, lo de sobra conocido y lo por descubrir, la estabilidad que representa el exvicepresidente y los cambios en no se sabe qué dirección que promete la extitular de Defensa. Pero el problema de fondo del PSOE y de toda la socialdemocracia europea es mucho más complejo: construir una alternativa creíble a los Gobiernos de centroderecha en este tiempo oscuro, con propuestas factibles que atraigan al electorado progresista. Sustituir una burocracia por otra, aunque sea más joven, no solucionará la encrucijada en la que están los socialistas. Lo que les hace falta es abrir el partido a la sociedad, fomentar la participación y, sobre todo, repensar su oferta a los ciudadanos.