El último virrey

OPINIÓN

Durante años lo llamé «el virrey». Y así lo conocen, todavía. Mi relación con él fue política, y ahí tuvimos nuestras distancias: durante años escribí en las páginas de La Voz de Ourense teniéndolo por personaje principal, estocada a estocada. Pero en su favor debo decir que nunca me apartó la palabra. Es más, puedo asegurar que con el tiempo dejó de ser el virrey hasta convertirse en un ser afable, sonriente y tan madridista que alegremente me incendia.

Fue cacique, y lo sabe. Fue también demagogo, y lo sabe también. Amigo del amigo, no supo digerir el último congreso provincial, donde uno de sus más cercanos se presentó como alternativa a la candidatura de su vástago. Tocaba el trombón e hizo una caricatura de sí mismo, a sabiendas. Tenía olfato político, intuición salvaje. Si no conocía el nombre de los vecinos en sus rurales viajes, los preguntaba, y trataba a todos como si fuesen de su familia.

Pertenece a una generación que en Ourense dejó tasas de votos como nunca antes había conocido la derecha. Pero él quizá no sea ni de derechas ni de izquierdas. Es solo de sus íntimos, y es todavía el maestro de escuela que fue y el revisor del coche de línea y el político astuto, zorro viejo de cabello plata. Titulé un artículo de antaño: «Democracia hereditaria». Sospecho que mi vaticinio va a perpetuarse en la persona de su hijo. Pero no habrá otro virrey. El mío es el último.