E n una entrevista lo dijo con el habla atropellada que le caracterizaba: «Galicia es la etapa más feliz de mi vida. Servir a mis paisanos, a mis gentes, nada me puede hacer más feliz». Los rivales tenían otra lectura. Galicia fue su refugio para lamerse las heridas de las derrotas con Felipe. Solo miró hacia Galicia, su Baviera, cuando vio que nunca cumpliría su gran sueño de gobernar España. Pero Fraga insistía en lo contrario. Y no se puede negar que su presidencia de la Xunta le dio peso a la autonomía. Con sus excesos, incluidos. En otra entrevista le pregunté: «¿Por qué cree, y no me hable de gestión, que los gallegos le otorgan una mayoría absoluta tras otra?». Empezó a responder, como siempre, casi a mitad de cuestión: «Me ven como un padre, como a un hermano, como a alguien de la familia». Y es que Fraga dominaba como pocos la cercanía. Sabía a su velocidad de vértigo resultar campechano. Las salidas contundentes que desesperaban a sus enemigos gustaban a sus votantes. Hablaba con una seguridad que aturdía. Y sabía añadir con retranca: «Pero infalible, infalible, como sabe, solo su santidad». Rápido de cabeza, fue ese hombre de Estado que encajaba en unas fichas de dominó.