Si es cierto todo lo que se cuenta, España habrá vivido con usted la peor de las humillaciones en época democrática. Si es cierto, habrá que proclamar que nunca antes el pueblo ha sido tan burlado. El pueblo, que va delante de sus políticos y los elige, los ha soportado muchas veces. Ha aguantado sus corruptelas, sus visones y chalés adosados a la orilla de la decepción. Pero esto no podrá soportarlo sin rasgarse por dentro. Se trata de que hemos entregado la confianza, toda la confianza, a una institución que basa en los genes su soberanía. Hemos aplaudido a la monarquía (la última vez dos minutos: todos nosotros en el Parlamento, nuestro espejo y voz), de ella nos hemos sentido orgullosos, hemos alabado su sentido común y mesura. También hemos callado muchas cosas. Nos hicimos juancarlistas y, si fuese necesario, seríamos sofiistas, felipistas, cristinistas. Y un día nos levantamos con náuseas, convertidos en Gregor Samsa: escarabajos pisados por la bota del poder. Lo peor, señor U, no es el delito, sino la ofensa que el delito extiende. No la corrupción en palacio, sino la deslealtad a aquellos que han sido los europeos más leales: españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Uno ha soportado las canalladas de los políticos, roldanes y filesas (¿nos devolverán algún día el dinero que nos adeudan?), pero no soporta el relato de los hechos imputados al señor U. Y todo porque piensa que lo hizo sin necesitarlo, por avaricia; que tendría lo que quisiese porque Fortuna lo colocó por encima del resto de los españoles. Lo aceptamos: con vítores, incluso. Y así nos lo paga. Qué vergüenza, señor U.