A lgo hay de grotesco en el hecho de que la primera medida de quien ganó unas elecciones a lomos de la promesa de decir siempre la verdad, por dura que sea, suponga una gran mentira. Sostenía Rajoy que no iba a subir los impuestos. Pero, y aquí está lo grave, no justificaba ese anuncio en la pretensión de ahorrarle sacrificios a los ciudadanos. Según se nos dijo, la firme determinación de no aumentar la presión fiscal se debía al convencimiento de que solo serviría para aumentar el paro y prolongar la recesión. La contradicción es tan flagrante, que antes de anunciar a los españoles algo tan sencillo como que en tiempos de crisis se les va a dar un pequeño o mediano hachazo a sus nóminas, el nuevo Ejecutivo se ha visto obligado a dar una explicación. Nos han engañado, nos cuentan. Nos dijeron que el déficit iba a ser del 6 % y al final ha resultado que será del 8 %. Es decir, hay que ahorrar 20.000 millones más de lo previsto y no se nos ocurre otra idea para conseguirlo. Técnicamente, el argumento es impecable. Tiene la ventaja, además, de que se hace saber al contribuyente que el responsable de que tenga que rascarse el bolsillo no es quien toma la medida, sino quien generó las condiciones para que sea inevitable recurrir a ella. Eso es verdad. ¿Dónde está entonces la mentira? En que Rajoy, Montoro, De Guindos y Báñez sabían perfectamente que el déficit no iba a ser del 6 %, sino mucho mayor.
Les contaré un pequeño secreto. Dos de estas cuatro personas le aseguraron a este periodista días antes de que se celebraran las elecciones, en privado, claro, su absoluto convencimiento de que el déficit público iba a estar muy por encima de ese 6 % que el Gobierno de Zapatero y Salgado daba por bueno. Es decir, que antes ya de tener acceso directo a los libros de contabilidad del Estado el PP sabía que no habría más remedio que elevar la presión fiscal sobre los ciudadanos. Pero, en lugar de anunciar durante la campaña que el Ejecutivo socialista estaba mintiendo y que ante su irresponsabilidad la única duda para evitar que España fuera intervenida era subir el IRPF o el IVA, Rajoy prefirió simular que se creía unas previsiones que sabía irreales. Y después, puestos a traicionarse, el líder del PP parece haber pensado que mejor hacerlo de salida que no en la recta final, como Zapatero.
Seamos claros. No se ahorran 36.000 millones de euros, cifra inabarcable para el común de los mortales, ahorrando en papelería y en coches oficiales. Si se descarta la opción de eliminar derechos sociales hasta el punto de equiparar el nivel de bienestar de España con el de Guinea-Bisáu, algo tendrán que aportar los que más tienen para que los que menos poseen puedan mantener una mínima cobertura. El Gobierno hace lo correcto. Una novedad en los últimos años. Pero ha perdido todo plus de credibilidad. A Rajoy le queda acertar. Pero no pedirnos ya confianza.