L os que jugamos a balonmano, pero fuimos incapaces de convencer al mundo de nuestra sordera para no hacer la mili, sabemos que los partidos se ganan cuando acaban. Que gana el mejor, que hay que respetar al árbitro, que te mazan a golpes y que ser soberbio ante el adversario se paga caro.
Sin embargo, algunos que han sido extraordinarios jugadores de balonmano, capaces incluso de demostrar una grave sordera para librarse de la mili y que tienen «un desmesurado afán de enriquecimiento» parecen estar trastornados, porque colocan sobre las cabezas de los demás las responsabilidades de sus pillajes y saqueos. Ahora resulta que ya sabían que el chico este guapo, alto, rubio y de buena familia iba a ser imputado por un montón de delitos porque la Justicia está presionada por la sociedad. Y con tres riñones, un portavoz del señor duque culpa de la imputación al «clamor popular». Y se queda tan ancho.
Va siendo hora de que coloquemos a cada uno en su sitio. Porque si inaceptable es que los oubiñas y los charlines descalifiquen a uno de los pilares de nuestro Estado de derecho, intolerable es que lo haga un miembro de la primera institución, por mucho que no salga en la foto, a la que mantenemos a cuerpo de rey. Nunca mejor dicho.