La jubilación de los docentes


N o hace tantos años, los profesores se jubilaban después de muchos trienios cumpliendo con su auténtica misión: la enseñanza. Estaban cansados de impartir horas continuas de clase a un gran número de alumnos, sin ningún tipo de apoyo. Era el agotamiento normal de una profesión sacrificada y vocacional pero, sin lugar a dudas, gratificante. Hoy no es así. Se retiran hartos de luchar contra elementos bien diferentes. Por un lado, los constantes cambios normativos y tecnológicos, que la mayor parte de las veces son bandazos. Resulta muy difícil mantenerse al día, ante una auténtica intoxicación legislativa y curricular. El cambio de gobernantes supone volver a empezar. Los docentes saben muy bien lo que tienen que enseñar, pero los currículos oficiales, los libros de texto y la presión de los padres y del sistema no contribuyen a facilitarlo. Muchos no quieren subirse al carro de las nuevas tecnologías que, poco a poco, se van introduciendo en el aula. Por otra parte, la falta de disciplina y de motivación de los alumnos y la dificultad para coordinarse con los padres en la tarea educativa, desaniman al más optimista. El cansancio ya no viene de enseñar, sino de no poder hacerlo; no viene de preparar las clases y esforzarse por ser un buen profesional, sino de predicar en el desierto; no viene de colaborar con la familia, sino de hablar un lenguaje distinto al de ella. La docencia se convirtió en una profesión muy compleja, estresante y hasta arriesgada. No es de extrañar el aumento de casos de depresión o de quemados por el sistema. Surgía una válvula de escape con la Logse (1990). Los docentes podían jubilarse voluntariamente a los 60 años, con al menos 15 de servicio. A partir de los 28, además, tenían derecho a una gratificación extraordinaria. Esta medida finaliza este año, con el período de implantación de la vigente LOE (2006). En sus dos décadas de aplicación, ha venido retirándose cada año una media del 30% de profesores de más de 60 años. En el actual se prevé que lo hagan más de mil, en torno al 50%, del que un 70% corresponderá a la enseñanza primaria. El Gobierno quiere homologar el régimen de clases pasivas con el de la Seguridad Social y, por lo tanto, fijar como edad de jubilación única los 67 años. No es una buena noticia para los docentes. Es de las profesiones que menos debe estar asociada a una edad fija de retiro. Disponer de 10 años de margen (60-70) era una buena solución para dar salida a casos que acaban perjudicando el sistema. La rigidez que se avecina no va a contribuir a mejorar los resultados del sistema educativo. Lo saben bien en varios e importantes países europeos, en los que se mantiene el retiro de los profesores adelantado a los 60 años.

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