Darle caña a Zapatero resulta tedioso en estos tiempos. Hace años, quienes lo hacían con argumentos iban a contracorriente, porque todavía había una marabunta de medios de comunicación que rendían pleitesía y bordeaban la adoración divina al líder. Ahora los opinadores le zumban en tropel, desde un lado y desde otro, como a un ángel convertido en demonio. Tantas le caen que leer o escribir sobre Zapatero aburre. Idéntica deriva pero a velocidad supersónica lleva Pachi Vázquez, con el demérito incluido de que a diferencia de Zapatero no sufre el desgaste de quien gobierna.
El secretario general del socialismo gallego puesto a dedo por Blanco para echar a la cuneta cuanto antes a Touriño ha conseguido en un corto espacio de tiempo recibir críticas mayoritarias de la opinión publicada y, sobre todo, de la opinión que en verdad cuenta: la de la calle, traducida de momento en una raquítica valoración del político ourensano en las encuestas.
Para evitar la reiteración, aquí y hoy no toca aburrir con otra andanada que sumar a las críticas bien merecidas por la arroutada de Pachi Vázquez de ligar al presidente de la Xunta con el narcotráfico durante una comparecencia pública en la que no supo o no pudo defenderse de las presuntas irregularidades a cuento de las reformas que hizo en su domicilio familiar.
Pachi Vázquez es un alumno aventajado de un estilo de hacer política autodestructivo y muy peligroso para la convivencia democrática a medio plazo. Consiste en decir la mayor barbaridad del rival sin necesidad de esgrimir pruebas. En definitiva, calumnia que algo queda. Sin embargo, es un gran equívoco pensar que ese tipo de hacer política debilita al rival. No señor, a quien daña es a la política global, acrecentando el sentimiento de desafección que cada vez separa más a los votantes de los votados.
Pachi Vázquez es un exponente estelar de la ristra de dirigentes esforzados en convertir a marchas forzadas la política española en un bunga-bunga de calumnia. Dolores de Cospedal puede volver de vacaciones y acusar a Zapatero con el infundio de utilizar a los servicios del Estado para espiar al PP, y no pasa nada. Vázquez puede levantarse del escaño, señalar a la conselleira de Sanidade y acusarla de que reparte billetes de 20 euros entre los médicos para que no envíen a sus pacientes a los especialistas, y no pasa nada. Juan Cotino, vicepresidente del presidente de trajes regalados, Francisco Camps, puede ponerse delante de un micro como hizo el jueves pasado y acusar al Gobierno de financiar a ETA con el caso Faisán, y no pasa nada. Pachi Vázquez puede decir «Feijoo y el narcotráfico, ahí, ahí», y no pasa nada.
Sí pasa. El bunga-bunga en el que ha derivado el ruedo gallego y español es un camino sin retorno hacia la berlusconización sin Berlusconi de la política en nuestro país. No hacen falta presidentes que organicen fiestas privadas con menores para destruir lo poco que le resta de credibilidad a la política. A pesar de que aún son mayoría las mujeres y los hombres que se dedican a ella con altruismo y vocación de hacer el bien colectivo, en vez de buscar el exclusivo beneficio individual, bastan unos cuantos aupados al puesto inadecuado para reducir el servicio público a un bunga-bunga autodestructivo para todos.