Solo con normativa no se van a solucionar problemas sociales que son esencialmente educativos. El proyecto de ley de Seguridad Alimentaria y Nutrición, que acaba de aprobar el Gobierno, regula la publicidad y venta, en el ámbito escolar, de determinados alimentos con altos contenidos en grasas, sal o azúcar. Se pretende con ello combatir la mala nutrición desde la niñez, causa no solo de obesidad, en la que España tiene una de las mayores tasas, sino también de alteraciones del desarrollo y de enfermedades cada vez más generalizadas. No parece exagerado afirmar que somos lo que comemos y el resultado de nuestra alimentación pasada. El problema, como tantos otros actuales, empieza en la cuna. El niño, a base de llorar o patalear, va consiguiendo todo lo que quiere, si no hay una autoridad, imprescindible para su normal maduración. A nivel alimentario buscará comidas que le produzcan placer e irá rechazando progresivamente otras que son esenciales para su adecuado desarrollo, con la única justificación del clásico «no me gusta». Para colmo, uno de los premios más frecuentes serán los chuches . La consecuencia son personas caprichosas a la hora de comer, que dejan habitualmente en el plato alimentos fundamentales, o familias en las que hay que preparar diferentes comidas, en función de los gustos de cada uno de sus miembros. Este tipo de educación dará lugar a una alimentación incompleta, con carencias de nutrientes esenciales y exceso de otros secundarios. Cuando los padres se dan cuenta del mal y quieren corregirlo, suele ser tarde. El niño ya es mayor y tiene unos hábitos tan arraigados que es muy difícil modificarlos. Delegan entonces los progenitores su responsabilidad en la escuela, pretendiendo que los comedores escolares solucionen el problema y alimenten a su hijo racionalmente, pero sin respaldar o apoyar las decisiones de esta institución, que acaba encontrándose sola. No se puede exigir a los maestros que inculquen a sus alumnos hábitos alimentarios que no se practican en casa. La escuela tampoco cuenta con el apoyo de una sociedad hedonista o de unos medios de comunicación que fomentan el consumismo que les interesa. La ley es necesaria, pero antes, o al mismo tiempo, tiene que acompañarse de un plan de formación de padres y de acercamiento entre familia y escuela. Hay que tener muy claro en qué consiste una buena nutrición y una dieta equilibrada y llevarlas a la práctica en el hogar. Cierto es que hay niños mejor comedoriños que otros, pero no se trata de obligar a los peores, por la fuerza, a que coman lo que deben. La clave es, como en cualquier proceso educativo, el cariño y la paciencia. Buscar motivaciones y entretenimientos atractivos con los que, poco a poco, se vaya consiguiendo que coman todos los alimentos y se acostumbren a los diversos sabores.