Señores, no hay otra forma de decirlo: a los gallegos nos han tomado el pelo durante años. Lo digo con más crudeza y sin faltar a la verdad: nos han engañado miserablemente. Lo ha hecho una persona con nombre y apellidos, que se llama Magdalena Álvarez. Y lo ha hecho en algo tan sensible para esta tierra como es el tren de alta velocidad. Es lo que se desprende de la declaración que su sucesor, José Blanco, hizo ayer en el Congreso. El resumen de sus palabras es tan descorazonador como este que cuenta Gonzalo Bareño en su crónica que hoy publica La Voz : el Gobierno sabía que no era posible cumplir los plazos que se estaban dando. Tenía razón, por tanto, el chascarrillo popular de la desconfianza, ese que nunca creyó en la fecha que se aireaba. José Blanco lo ha confirmado con una declaración que es un gran ejemplo de sinceridad y realismo. Hecha esta introducción del testimonio irritado y desengañado, ¿qué podemos añadir? Que hizo falta que llegara un ministro gallego y de sensibilidad gallega para deshacer la bola del engaño; que hizo falta que ese ministro fuera de Lugo para hacer un trazado hasta esa ciudad acorde con los tiempos, y no un trazado de vía única como a principios del siglo pasado; que ya era hora de un impulso de modernidad para que toda la vía se pueda recorrer a 300 kilómetros por hora, y no con tramos de subdesarrollo que abocarían a ese tren a ser una especie de deuda eternamente pendiente; y que, dentro del desengaño, al menos es un consuelo comprobar que ese tren figura entre las prioridades del Gobierno en tiempos de penuria económica. Todo esto es la parte buena, con un destinatario del elogio y la gratitud: José Blanco. ¿Qué podemos esperar ahora? Que haya, en efecto, un clima de entendimiento con la Xunta, capaz de superar las diferencias de militancia. Galicia está por encima de las divisiones de partido. Esa es la grandeza de ánimo que espera este país: la misma que José Blanco ha conseguido instaurar en su relación con la Comunidad de Madrid, y que venía precedida de enfrentamientos políticos más graves. Y, respecto al ministro de Fomento, el mismo ruego que se hacía a Rodríguez Zapatero el día que ganó sus primeras elecciones generales: no nos falle, señor Blanco. Llevamos ya demasiadas decepciones, demasiados aplazamientos justificados y sin justificar, demasiadas disculpas. Se ha perdido mucho tiempo en trámites, entretenimientos, oportunidades desperdiciadas y falta de seriedad en los compromisos. Ahora es su turno, ministro. Ayer dio un ejemplo de sinceridad. La próxima prueba tiene un nombre: eficacia. Y es, quizá, la última oportunidad para que este país siga creyendo que quedan políticos que se atreven con la verdad.