Los tiempos escolares

Celso Currás
Celso Currás NUESTRA ESCUELA

OPINIÓN

17 oct 2018 . Actualizado a las 10:47 h.

El debate sobre los tiempos escolares tiene actualmente dos frentes abiertos: los horarios de las asignaturas del nuevo bachillerato y la modificación de las condiciones para autorizar la jornada escolar de sesión única a los centros docentes. Con respecto al primero de ellos, los colectivos de profesores de Educación Física han ganado la batalla y parece ser que en el texto definitivo del decreto que ordenará el bachillerato se recuperará la hora perdida por esta materia en el primer curso. No han corrido la misma suerte, al menos de momento, la Filosofía y la Historia. Ceder a las presiones de un colectivo y no a las de otros es un error. En primer lugar, porque faltan argumentos sólidos para justificar la pérdida de horario en disciplinas de tanta trascendencia como las citadas. No es suficiente razón el nacimiento de asignaturas como Educación para la Ciudadanía o Ciencias para el Mundo Contemporáneo, cuyos contenidos pueden ser incluidos en otras ya existentes, o bien en el marco de la actual transversalidad curricular. Además, las críticas a nuestro sistema educativo no van en la línea de falta de materias; al contrario, destacan la carencia de dominio de las fundamentales. Empeñarse en seguir introduciendo conocimientos en la enseñanza es abarcar mucho y apretar poco. Es un error, en segundo lugar, porque puede pensarse que la claudicación está en función de la fuerza de las protestas. Por lo que respecta a la jornada escolar, la Xunta de Galicia pretende dar más facilidades a los centros educativos para que puedan acceder a la sesión única. Seguimos asistiendo a la dicotomía jornada única-jornada partida, tan bien estudiada, desde el año 1990, por el prestigioso catedrático de Pedagogía Social de la Universidade de Santiago José Antonio Caride. Variables fundamentales como el ámbito geográfico, la fatiga escolar o incluso los hábitos alimenticios, se ven afectados por la citada disyuntiva. La clásica jornada de diez a una y de tres a cinco, con dos horas para comer y jugar, está pasando a la historia. Cada vez los centros docentes comienzan su actividad más temprano y terminan la enseñanza reglada con la comida. Y este sería un horario racional, como ocurre en muchos países vecinos, si tuviésemos una buena cultura del sueño y de la alimentación. Pero nuestros alumnos se acuestan tarde, principalmente por culpa de la televisión y apenas desayunan. Como consecuencia hay falta de sueño y no es suficiente un simple lunch hasta la última comida del día. Por otra parte, y en relación con las actividades extraescolares, el mundo rural y el urbano siguen teniendo desigualdad de oportunidades. Una vez más tenía razón T. Husén cuando dijo que la reforma de la educación no puede sustituir a la reforma de la sociedad.