UN DÍA como hoy, hace diez años, llorábamos la muerte de un joven vasco, hijo de padres gallegos, que habían salido de su tierra en busca del pan de la emigración interior. Un asesino desalmado le había atado las manos a la espalda y le había disparado un tiro en la nuca. El joven se llamaba Miguel Ángel Blanco y aún hoy estremece recordar su secuestro, el chantaje que con su vida se hizo al Estado y el terrible desenlace. Aún hoy emociona el recuerdo de la reacción popular frente a aquel crimen, que merece pasar a la historia de la infamia. El propio Rey de España lo recordaba ayer con «especial emoción». Pasados esos diez años, aquella sana y espontánea protesta social ha degenerado en una repulsiva manipulación política. Aunque parezca increíble, los dos principales partidos aparecen enfrentados por la memoria de Miguel Ángel. Han celebrado actos de aniversario separados. Están haciendo un uso espurio de su memoria. Dan un lamentable ejemplo de enfrentamiento imposible de entender y, mucho menos, de justificar. Lo ocurrido estos días en Ermua y con el «espíritu de Ermua» ante los atónitos ojos del ciudadano merece alguna reflexión que parte de una pregunta: ¿qué ha ocurrido para llegar a este espectáculo? Es un triángulo. En uno de sus vértices, el nacionalismo vasco se opuso a aquella movilización popular porque entendió que lo arrastraba. En otro vértice, se tejieron varias organizaciones sociales como el Foro de Ermua o la Fundación Miguel Ángel Blanco, que se identificaron con el Partido Popular, y ese partido las usó en repetidas acciones de protesta contra la política del Gobierno actual. Y en el tercero de los vértices, el Partido Socialista Obrero Español se encontró con un Partido Nacionalista Vasco con el que quería entenderse y con un Partido Popular situado en la oposición frontal. Algo muy parecido a la ley de la gravedad lo hizo colocarse, como en tantas cosas, en la órbita nacionalista. A partir de esas bases, todo se prestaba a una gran manipulación. Cualquier acto de las organizaciones mencionadas era para los socialistas un acto del Partido Popular. Desde esa convicción, el Ayuntamiento de Ermua, de mayoría del PSE, llegó a prohibir que el Foro de Ermua utilizara el nombre del pueblo. Y el Partido Popular usaba el ejemplo de Miguel Ángel Blanco como referencia y ejemplo del «entreguismo» a ETA del que acusaban a José Luis Rodríguez Zapatero. Así, discurso a discurso, mitin a mitin, manifestación a manifestación, se destrozó el espíritu de Ermua. Así se construyó esa imagen de la división del décimo aniversario. Creo que ningún partido es más culpable que el otro. Ambos han puesto de su parte los ingredientes. Lo triste, lo históricamente lamentable, es que así le acaban de hacer a ETA el imperdonable, el indecente regalo de la desunión.