ESTÁ SU espíritu en A Coruña y Santiago. En la exposición sobre El señor de los anillos . De la muestra se ha contado todo. Los amantes de este universo disfrutarán como sólo los niños lo saben hacer. Los ojos abiertos y el corazón batiente. Pero detrás de una creación única siempre hay un genio. Este es un genio de lámpara casera. Casi, casi de fuego de chimenea, en un salón de casa inglesa, con sofá y manta escocesa de cuadros sobre las piernas. Habló de John Ronald Reuel Tolkien. O sea, J.R.R. Tolkien. No sabe bien la que montó. El que empezó sus relatos como una manera de pasar el tiempo, de entretener a sus hijos, de entretenerse él, de crear personajes que hablasen las lenguas que estudiaba. Católico profundo, iba todas las mañanas en bicicleta a misa. Profesor en Oxford y escritor todas las navidades de unas largas cartas a los Reyes Magos para sus hijos. Este romántico y soñador las seguía escribiendo cuando los críos ya fueron hombres. Él vivía en su mundo, un mundo que completó con orcos y elfos. Pero Tolkien siempre se consideró un hobbit. «Soy un hobbit, excepto por el tamaño». Amaba la vida sencilla. Viajaba poco o casi nada. Las millas las recorría con sus textos. Sus experiencias más fuertes fueron encontrar a la mujer de todos sus días y el horror de la Primera Guerra Mundial. Le gustaban los jardines, la cerveza y fumar en pipa. Tolkien fue el perfecto héroe local. Un hombre que trascendió las cuatro paredes de su cuarto gracias a una imaginación que creó una obra inmortal. Ver los objetos que soñó en la exposición de la Fundación Caixa Galicia es una maravilla. Pero no está de más subrayar el origen del anillo: la fértil mente de Tolkien, que bebió de las sagas islandesas y finlandesas, entre otros textos, para fundar un mundo que se sostendrá de pie por los siglos de los siglos. cesar.casal@lavoz.es