Ortigueira

OPINIÓN

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03 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

ES UNA casa de muñecas. Un lugar único que muta, desde mañana y hasta el domingo, para convertirse en un huracán de libertad. La ría de Santa Marta desde la sierra de A Capelada es una serpiente de sal que acaricia el verde de las lomas. El tiempo se detiene en un sitio así. A pie de ría, la playa de Morouzos es el centro del mundo en la capital de la música. Una parte muy importante de la fiesta la ponen los vecinos. Las gentes de Ortigueira saben que son de un sitio distinto, de un paraíso que forja el carácter. Ser de Ortigueira es como ser de Venecia o de Dubrovnik. No hay otro lugar igual. La villa se convierte en una caracola en la que se enreda el espíritu del viento y de la gaita. Habrá homenajes, exposiciones, documentales y cortos para los amantes del cine. Los nuevos talentos saltarán sobre las runas. Vendrán una vez más desde países insospechados. Mi hermano, el rubio, fue a las primeras ediciones. Tengo el recuerdo de verlo regresar como si un tren hubiese pasado por encima de él, pero con algo en los ojos que delataba que había vivido algo único. Traía unos platos de Sargadelos como recuerdos, aunque en su memoria seguro que estaban los momentos que no se olvidan. Siempre quise estar en Ortigueira, entre la bruma, bajo el sol. Es un festival que se vive en la piel, que queda tatuado. Siro López, artista grande, le ha puesto sirena. El alcalde de la villa lo dice claro: «Mientras haya Ortigueira, habrá festival». La comunión es total, perfecta. Bretones, escoceses, polacos, británicos y muchos gallegos tocarán para que la banda sonora esté a la altura de las estrellas que incendian la noche de Santa Marta con sus ojos incandescentes. La cita es Ortigueira, el pulso del corazón y el latido de la emoción. Laberinto mágico. Hay festival. Villa, maravilla. cesar.casal@lavoz.es