La cocaína y la ingenuidad

| XOSÉ CARLOS CANEIRO |

OPINIÓN

ENTRE todos los seres que pueblan la tierra, el más ingenuo, aseguro, es el ser humano. El hombre es fácil de engañar. Basta la prueba más inocente para demostrar esta tesis minimalista. Ustedes le ponen un poco de éxito por delante, una gloria efímera, y el hombre corre tras ella como un perro. La cocaína es una de las pruebas que la modernidad ha puesto ante la ingenuidad del ser humano. La cocaína tuvo su prestigio y su jet-set de verbo locuaz e instinto divertido. Con la cocaína durabas más, y parecías mejor de lo que eras... y tenías más amigos que al final eran amigos de mentira. España está en la cabeza del consumo mundial de esta sustancia tonta, la más tonta de todas las sustancias. En Galicia los camellos hacen su agosto durante todo el año ante la impasibilidad y la política equivocada del Gobierno (¿por qué no la legalizan?). No conozco una droga más falsa, aunque todas las drogas lo son. Fomenta tanto la autoestima que cuando estás arriba, sin saberlo, te deja caer y te pegas el golpe de tu vida. La cocaína es la droga de peor corazón, la más cruel e ingrata. Es una droga a la que le siguen haciendo publicidad algunos medios. Porque el ser humano, que es ingenuo, tiende a imitar a aquellos que supuestamente figuran en un rango superior al suyo. La cocaína es un gusano que te come la cabeza. Yo he conocido gente con neurosis que tenían su origen en la cocaína que tomaron hace veinte años. Un amigo me contó que nada le hizo más daño que la cocaína: porque se olvidó de ser lo que era. Porque no vivía para otra cosa que no fuese aquel polvo blanco quemándole la nariz y anestesiándole los dientes. Me contó que fue divertido muchas veces, pero que nunca fue más divertido que un abrazo bajo la luz de la luna. Mi amigo y yo nos hemos llevado muy bien durante muchos años. Incluso podía decir que alguna vez su vida se confundió con la mía. Sé, por lo tanto, muy bien lo que digo cuando digo que la cocaína es la droga más falsa y sin corazón. Cuando digo que no hay nada más ingenuo que el ser humano. Cuando la miro en los informativos, en los bares, en el alma... y le grito un «maldita seas». Porque sé lo que digo. Si la tomas no eres mejor de lo que piensas. Estás en sus manos (sin corazón, te repito). Y ella, hazme caso, nunca te dará un beso dulce de despedida. Tendrás que irte dando un portazo. Para no volver. Jamás.