Funeral en Paracuellos

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

26 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

«UN GOLPE de ataúd en la tierra es algo perfectamente serio», dejó escrito Antonio Machado. Un funeral por víctimas de un atentado terrorista es algo profundamente triste. Profundamente emocionante. Mágicamente dramático. Imaginaos a los padres de las víctimas: hace sólo dos días tenían unos hijos jóvenes e ilusionados. Habían descubierto su vocación militar, y parecían disfrutar con ella, aunque fuese en tierras lejanas. La mayoría de esos padres sentían miedo por su destino. Esperaban que no hubiera ninguna noticia del Líbano, pero los tenían vivos. Y en un segundo, el golpe seco de la muerte. En unas horas pasaron de esa intranquila tranquilidad a ver sus féretros allí, en aquel patio militar de Paracuellos. No veían más que los féretros, cubiertos con la bandera nacional y la Cruz del Mérito Militar. Pero sabían que allí dentro estaba su hijo: el muchacho de 18 o 21 años que estrenaba la vida y había tropezado con la muerte. Muy lejos, más allá del Atlántico, otras familias no pudieron ver siquiera esos féretros. Sus hijos se marcharon un día a España en busca del pan, con la esperanza de sacarlos de la pobreza. Y sólo volverán sus cenizas, cuando el juez Grande-Marlaska permita su incineración. ¡Tremendo drama de los padres del emigrante, que lo han perdido dos veces! Una, con la ilusión de volver a encontrarlo feliz y rico. Otra, cuando se lo devuelven inerte o quemado y no pueden hacer cosa que rezar y llorar. El destino unió al español que sentía su bandera y al colombiano que servía a una bandera que no era suya. Los cadáveres que hemos devuelto a Iberoamérica, dos a Ecuador, tres a Colombia, han sido víctimas de ataques terroristas. De signo, origen e intención distintas, pero terroristas. Es la condena de este tiempo. Los Príncipes de Asturias han aprendido ya a consolar a las familias. Ya saben cómo secar sus lágrimas. La princesa Letizia termina su baja de maternidad vestida de riguroso luto. El presidente del Gobierno, de negro, pasa su prueba de imagen con la asistencia a un funeral. Quizá tema que desde aquellas familias heridas surja una voz que le reclame responsabilidades por el inhibidor, por la protección, por el simple hecho de haberlos enviado a un infierno. Quizá mire a la fila donde está Rajoy y piense en la sesión parlamentaria de hoy, donde le preguntarán y quizá lo acusarán. Ha sido todo de una tristeza y emoción que rompía el alma. La música militar, el ceremonial castrense tan acostumbrado a despedir y enterrar a héroes y víctimas, ponía el acento de dramatismo que faltaba. Y al cronista se le saltaron las lágrimas. Por los soldados que allí estaban de cuerpo presente. Y por los que pueden venir.