De muertos, ultratumba y ajos

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

CUENTA Truman Capote en uno de sus relatos autobiográficos que cuando, en la plenitud de su adolescencia, necesitaba nutrir de aplomo su carácter y de desenvoltura su autoestima, recurría a la fórmula de vestirse con su mejor y único traje, repeinarse dejándose despeinado el flequillo, encender un cigarrillo y plantarse frente a un espejo de cuerpo entero. Lo siguiente era dirigirle la palabra a su imagen reflejada: «Oh, sí. En efecto. Soy Truman Capote». No es difícil imaginar a Zapatero en tal brete concluida su entrevista con el Gobierno polaco. Dada la querencia de Zapatero a desaparecer en las ruedas de prensa que siguen a sus entrevistas de envergadura, cediendo su lugar a la vicepresidenta, se podría haber dado por supuesto que su frase ante el espejo viniera a ser algo así como: «Soy invisible». Pero eso habría sido excesivo en Varsovia. Así que prefirió decir: «Soy optimista». Razones no le faltaban para un presidente con su manera de ser. Acababa de verse con los gemelos Kaczynski, expertos en desplegar algo tan querido para Zapatero como una memoria histórica. Todo un mundo de muertos polacos agitados por los gemelos en defensa de su opción por una doble mayoría en la Constitución Europea (55% de los Estados que representen el 65% de la población). Todos los muertos polacos puestos en danza a lo largo y ancho de las guerras del siglo XX para acreditar que si no hubieran muerto, Polonia sería más fuerte porque estaría más poblada. Eso es lo que le dijeron los gemelos polacos a Zapatero y ante lo que decidió no sólo rechazar sus hábitos de invisibilidad a la hora de explicar las cosas, sino ampliar su reacción ante la evidencia polaca y meterse en las carnes de quien se siente optimista. Es un modo de dar por bueno aquello de que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Tampoco el momento dejaba de serle propicio, como pudo comprobar cuando, agotada la conversación con ese jardín de infancia que son los gemelos Kaczynski, entró en contacto con Tony Blair puesto en la plenitud de esa hipocondría a la que se abrazan los líderes británicos cuando se menciona la soberanía de su nación. Entró en contacto con Blair y se encontró con alguien a punto de convertirse al catolicismo, de modo que es muy probable que Zapatero meditara sobre su viaje entre los muertos polacos y la ultratumba británica. Debió de ser una meditación provechosa, a la que se añadió luego, sin duda, el panorama de la sorprendente preocupación italiana por el ajo y sus halitosis. Fue entonces cuando se produjo la iluminación de Zapatero. Puesta Polonia en sus muertos, el Reino Unido en la salvación eterna de su líder e Italia en la peste a ajos, lo mejor que podía hacer el presidente español era dejarse mecer en la mucho más saludable corriente Merkel-Sarkozy. Y no parece que le haya salido mal.