ALBERTO NÚÑEZ, posiblemente mal aconsejado, sigue clamando en su desierto en contra de los pactos. Igual que los niños consentidos, que quieren ganar los partidos porque el balón es suyo, también el dirigente popular insiste en proclamar sus errores a la rosa de los vientos: que las mayorías salen de las urnas y no de las corporaciones, y que uno de los componentes esenciales de la democracia, que es la cultura del pacto, no pasa de ser un cambalache fraudulento que horroriza a los pueblos y traiciona la libertad. Quizá por eso al dirigente popular le resultaría difícil explicar por qué el PSOE no va a gobernar Canarias, por qué se boicotea en el Parlamento la elección de ciertos órganos jurisdiccionales, o qué sentido y legitimidad tienen -si el acuerdo no es un valor democrático- las mayorías cualificadas que se exigen dentro del sistema. Y es que la regla que hizo embarrancar la reforma del Estatuto, porque los más no son suficientes, es la misma que desalojó al PP de la alcaldía de Vigo, porque su mayoría -con la ley en la mano- tampoco era suficiente. En términos prácticos hay que dejar muy claro que no es el inmovilismo, sino el cambio, lo que más y mejor refuerza la democracia. Y por eso hay que celebrar que, después de una larga etapa de monotonía política, en la que todo cambio -ya fuese con Fraga o Paco Vázquez- parecía imposible, estemos entrando en una situación en la que Galicia entera cambia de piel, y en la que parecen haberse roto las inercias que llevaban a las ciudades al autismo o que llenaban la política local de manías y prejuicios. Porque no sólo mudan las cosas en Vigo y Ourense, donde la alcaldía cambió de partido, sino también en A Coruña y Lugo, donde vuelven las coaliciones, o en Pontevedra y Santiago, donde se modifican sustancialmente las correlaciones de fuerzas que formaban gobierno. Por eso es maravilloso contemplar cómo, más allá de las anécdotas extremas que pueden servir para justificar un roto y un descosido, toda Galicia se vio sacudida por un «sábado de gloria» que obliga a replantear modelos de ciudad, planes generales, políticas fiscales y proyectos culturales que se estaban fraguando al socaire de inercias estériles. Ahora falta que el PP se dé cuenta de que, si perdió mucho poder municipal, no fue porque los votos lo hayan abandonado, o porque a la izquierda le guste mandar, sino por haber reducido a cero su potencial de coalición, y por creer que todas las batallas hay que plantearlas en ese radical «conmigo o contra mí» que inspira su estrategia desde que Aznar se tropezó con una mayoría absoluta que no supo digerir. Porque la soledad no se evita reformando la ley o rompiendo las costumbres.