HAY más de un país centroamericano cuyo palacio de gobierno es más pequeño que la casa consistorial de Salvaterra. Al alcalde, el popular Arturo Grandal, le gusta presumir de que el edificio fue construido por los propios vecinos en terrenos cedidos por ellos mismos. La casa consistorial no es el único elemento extraordinario. Desde hace más de un año los vecinos tienen wifi gratis y desde hace unas semanas cuentan con la palmera más alta del interior de Galicia. O al menos eso asegura la propaganda municipal. Se plantó en el parque de A Canuda, más de cien mil metros cuadrados a orillas del río Miño, un espacio natural sorprendente que hace de este municipio hasta hace poco perdido en el mapa el concello gallego con más metros cuadrados de zona verde por habitante. Este municipio de los récords, que va camino de convertirse en una nueva zona residencial de Vigo, se convertirá en dos años en uno de los polos de desarrollo del sur de Galicia, ya que allí se levantará la plataforma logística o puerto seco, en la que esta prevista la creación de cinco mil empleos. Pero aquí no acaban las singularidades de Salvaterra. La última es la protagonizada por el alcalde, que no ha hecho campaña electoral y ha revalidado otra vez su mayoría absoluta. Grandal es un extraño animal político que ha desfilado por las filas socialistas y ahora está en el PP, lo que le da ese perfil norteamericano en el que los ciudadanos se cambian de religión o de partido mientras toman coca-cola y palomitas sin que nadie se rasgue las vestiduras. El regidor sostiene que un político no debe dar mítines y que la mejor campaña electoral son los hechos. Unos cartelitos y una web en la que presumía de unas calles con la mejor iluminación navideña de Galicia fueron sus únicas armas electorales. Grandal lleva casi tres decenios en el cargo. Pero de la alternancia en el poder hablaremos otro día.