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16 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

CANTÓ al Papa, este judío errante. El mundo está lleno de fobs (amigos de Bob). Acaba de cumplir 66, dual como los géminis. Estuvo colgado. Hasta que dejó de estarlo. Y escribió al hombre pandereta con el pulso destrozado. Protagoniza la gira que nunca se va a acabar. No deja de pisar las tablas. Sobre las tablas es como más vivo está. Barrió la tienda de muebles de su padre cuando crío y es capaz de seguir barriendo en el siglo XXI las listas de éxitos con su último trabajo, Modern Times . Mi hermano, el rubio, dice que «Dylan es el inventor de la juventud». Es el hombre que se ha hecho un hueco en el corazón de todos nosotros. Es lírico, sin ser mística rosa divina. Dejó al folk y a Joan Báez. Es más que rock. Adelanta al pop. Conoce a la mujer: «Haces el amor como una mujer, pero te rompes como una niña pequeña». Y al hombre: «No tienes domicilio, eres una piedra rodante». No bautizó a los Rolling Stones. Los Stones tomaron su nombre de piedras rodantes de una estrofa del blues que tanto les gusta. Martin Scorsese lo hizo cine. Nada en la vida de Dylan parece normal. Se pintó los ojos. Se cambió el pelo. Llevó de gira en los setenta al vaquero Sam Shepard, que escribió la aventura de viajar junto al carisma. Robert Allen Zimmermann actúo en Santiago y A Coruña. Paseó en bici por el Retiro de Madrid en el 89. Tiene mil salmos de amor. Como la chica de los ojos tristes de las tierras bajas o Si la ves, dile hola . Le puso apellidos al viento y sonido a la melancolía. Es pájaro pintor en su armónica y pianista con su guitarra. Ahora es premio Príncipe de Asturias de las Artes. Y por sus letras merecería más que muchos el Nobel de Literatura. Sabe que la vida consiste en coser y recoser hasta que se rompa del todo. Glosó al hombre huracán. Él, que es un imán y una estrella.