La tentación dictatorial

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

LA EXISTENCIA de libertad de expresión es una de las condiciones esenciales para que haya una sociedad democrática. Por eso, dictadores y gobiernos autoritarios tratan de reducirla o aniquilarla cuanto antes. Es el proceso que se ha vivido -y se vive- en Cuba, con su lamentable balance de periodistas encarcelados, y es también el que apunta tan malas maneras en Venezuela con el reciente cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV) y las amenazas que se ciernen sobre Globovisión. Ni Fidel Castro ni Hugo Chávez han entendido al otrora comunista y siempre antifascista George Orwell cuando afirmaba que «si la libertad significa algo, es el derecho de decirle a los demás lo que no quieren oír». Los viejos y los nuevos dictadores coinciden en que sólo están dispuestos a escuchar lo que desean oír. Quizá por ello, el líder bolivariano se apresura a tapar las bocas disidentes. Con un Parlamento que ha delegado en él y un Poder Judicial dependiente, sólo le queda erradicar la libertad de expresión. Y en ello está, con el país partido en dos, víctima de una hemiplejia que se agudiza. Lo que significa que el sistema chavista se aleja de la democracia a pasos agigantados. En Bolivia, el presidente Evo Morales se ha apresurado a decir que él no piensa cerrar medios de comunicación, como ha hecho su amigo Chávez, pero ha denunciado que en su país «no sólo hay libertad de expresión, sino también libertinaje de expresión». Y añadió: «¿Quién ha hablado de cerrar canales? ¿Quién habló de cerrar radios? Jamás. Falso, totalmente falso». Se le olvidó que, poco antes, en un fantasmal 5º. Encuentro de Intelectuales y Artistas en defensa de la Humanidad (¡nada menos!), celebrado en Cochabamba, acusó a algunos medios de comunicación de ser los mayores opositores de su Gobierno. Rápidamente, los impolutos intelectuales reunidos propusieron crear un observatorio y un tribunal para sancionar con dureza a quienes emitan información falsa (o ellos consideren falsa). Varias instituciones de prensa han protestado ya. Pero, cuidado, esos intelectuales orgánicos no se rinden. Les va en ello su buena vida. Sin embargo, lo más lamentable es el silencio de todos los demás. De los de verdad.