La paradoja del PCE

| ENRIQUE CURIEL |

OPINIÓN

14 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

EL 15-J de 1977 aparece hoy ante muchos de nosotros, jóvenes peceros e ilusionados en aquel momento, como la expresión de la gran paradoja o contradicción de aquel Partido Comunista de España. La celebración de las primeras elecciones y su contexto político expresaban el éxito y el triunfo de la política del partido, y, simultáneamente, constituían el inicio de una profunda crisis de identidad que significó el principio del fin de aquella experiencia. Hace ya años que el PCE, lamentablemente, ha desaparecido. Y es que, por una parte, la visión y las ideas fuerza que teníamos los comunistas españoles sobre la transición democrática y sus dificultades se confirmaban a medida que se acercaba el final del franquismo. Desde 1959, la idea de la reconciliación nacional para superar la fractura de la guerra civil era decisiva para sentar las bases de una nueva mentalidad de encuentro entre todos los españoles. La apertura y el diálogo con la Iglesia católica de aquel momento no sólo resultaron decisivos para la lucha democrática y antifranquista, sino que permitió sentar las bases de una relación nueva entre la izquierda marxista y los católicos en España. La noción del Pacto para la Libertad, elaborada a partir de 1971, estimulaba la convicción de que un gran consenso político entre izquierda y derecha, monárquicos y republicanos, e incluso, sectores provenientes del régimen, debía presidir la recuperación de la democracia. Y, por último, el PCE mantenía que la conquista de la libertad exigía una movilización política y social permanente contra el franquismo. El movimiento obrero se organizaba con formas nuevas, la universidad española se convertía en una especie de sociedad alternativa al franquismo y los intelectuales dotaban de masa crítica a una sociedad española cuyos valores se modificaban a gran velocidad. Desde los años finales de la década de los sesenta, el franquismo había perdido la batalla. Pues bien, todo ello, se resumió en la noche del 15-J. No sólo fue un esfuerzo del PCE, pero sin la política y el trabajo de sus miles de hombres y de mujeres la transición hubiera sido diferente. No es extraña la sintonía entre Suárez y Carrillo. Fueron, con el Rey, los protagonistas del cambio. Pero los resultados electorales fueron malos para el PCE y buenos para España. Más paradojas. La sonora derrota de Manuel Fraga y su Alianza Popular abrían las puertas a unas Cortes Constituyentes. Pero también era evidente que el PSOE se convertía aquella noche en la fuerza política que agrupaba a una amplia mayoría de la izquierda española. La batalla sorda librada durante los años anteriores por fuerzas muy poderosas para frenar el ascenso del PCE y evitar un escenario a la italiana, con un partido comunista fuerte, había ganado. El PCE se veía relegado, en el mejor de los casos, a acompañar al PSOE. Algunos amigos afirmaban que los españoles no nos agradecieron los esfuerzos realizados. No lo creo. Simplemente votaron con inteligencia y cautela. ¿Qué tenía que hacer el PCE ahora? ¿Tenía sentido continuar? No fue posible. Nos queda la satisfacción de que España es hoy un país democrático, moderno, europeo y con prestigio en el mundo.