HACE cuatro días, el diario británico The Independent dedicó toda su primera página a la cumbre del G-8. El tema resultaba obligado, pero el tratamiento escapó de lo convencional. Con un despliegue visual muy atractivo, el periódico titulaba: «El verdadero valor de lo que el G-8 da en ayuda internacional». Debajo iban las banderas de los ocho países acompañadas de una idea gráfica alusiva y un texto breve. Empezaban por el Reino Unido, claro: «Los británicos se gastan en vino y champán el doble de lo que su Gobierno destina a la ayuda internacional». Luego, Alemania: «Las alemanas gastan más en zapatos que su Gobierno en ayuda internacional». Francia: «El presupuesto francés para ayuda parece ridículo en comparación con la cantidad que sus mujeres gastan en perfume». Japón: «El gasto de los japoneses en bienes de lujo es más o menos el mismo que el que destinan a ayuda internacional». Estados Unidos: «La cantidad que destina a ayuda internacional es inferior a los beneficios anuales de la petrolera ExxonMobil». Italia: «Los italianos gastan en helados más dinero del que su Gobierno destina a la ayuda internacional». Canadá: «El presupuesto de este país para ayuda internacional supone la mitad de lo que los canadienses se gastan en cerveza». Y, por fin, Rusia: «No ofrece datos sobre cuánto destina a ayuda internacional». Esta es la prueba, decía el periódico en vísperas de la cumbre, de que los líderes de los países más ricos del mundo podrían hacer mucho más por los pobres. El ejercicio, clarificador pero un tanto simplista, funcionaría mejor aplicado al presupuesto personal o familiar: ¿dedico a ayudar la mitad de lo que gasto en cerveza, vino, perfumes o helados? A ver si el cutre y criticado G-8 es más generoso que... nosotros. pacosanchez@lavoz.es