AL TÉRMINO del mes de mayo de este año 2007, la cifra de personas muertas en las carreteras gallegas por causa del tráfico es de un centenar. Desde cualquier perspectiva, el dislate está ante los ojos. Cien vidas segadas en casi otras tantas acciones violentas, aunque no hayan sido buscadas de propósito, no cabe atribuirlas a la fuerza mayor o al caso fortuito. Ningún usuario del tráfico espera resultados lesivos cuando emprende cualquier viaje. Es claro que los accidentes de circulación se alimentan de las negligencias, de las imprudencias, de la agresividad, de culpas imputables, en definitiva, a desobediencias y desatenciones que podrían evitarse ¿Será el mal fario del automóvil? Notemos que el desarrollo de la automoción toma auge en la década segunda del siglo XX, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, cuando los países en liza llevan al límite el esfuerzo por la motorización, por la disponibilidad sobre vehículos aptos para fines bélicos. Al fin de la contienda, está formada la base de una industria básica en los sistemas económicos, cual es la fabricación de automóviles en serie. Después, con su masiva utilización en tiempos de paz -entre guerras-, iniciará las cuentas de la accidentalidad en el tráfico ordinario, tal como si mantuviese el resello de su aptitud para las guerras, aunque unas y otras sean tan distintas. Es clara la faz amenazante de los ingenios humanos y su capacidad para volverse contra el propio hombre hasta ser medio de destrucción. Ciertamente, el tráfico se ordena y se regula a través de un amplio repertorio de disposiciones legales que comienzan titulándose «normas de comportamiento», antes que «normas de circulación». Y no bastando que su mera promulgación consiga la guarda de los preceptos, la autoridad legítimamente constituida ha de servirse de órganos finalistas, de los agentes para la vigilancia del tráfico y para la denuncia de las contravenciones. Con todo, ¿por qué cien muertos?, ¿por qué tanta muerte? Pues porque falta algo más. Quizá sería necesario que a la incesante progresión de las técnicas al uso en este mundo nuestro siguiese otra progresión, la de la moral y de la ética en sus aplicaciones a la vida en comunidad. Es la revolución pendiente.