ESPAÑA CRECE. No sé si va bien o no. Pero crece. Casi al 4% anual, lo cual no está nada mal. Sin embargo, algunos ponen reparos. Afirman que los frutos del crecimiento no se están repartiendo equitativamente pues el poder adquisitivo de los trabajadores no ha aumentado en los últimos años. Unos pocos aún aseguran que, si se tuviese en cuenta el encarecimiento de la adquisición de vivienda, la situación sería aún más crítica para las rentas laborales, pues los precios habrían subido más rápidamente que los salarios y los trabajadores habrían realmente perdido poder adquisitivo. El poder adquisitivo se mide dividiendo los salarios por el precio del consumo. Como bienes de consumo hay muchos, se elabora un Índice de Precios al Consumo (IPC) que pretende medir el coste de la vida. El IPC es en esencia una media ponderada de diferentes precios de bienes de consumo. Las ponderaciones dependen de la importancia que el consumo de ese bien ha tenido en la cesta de la compra de un hogar medio español en un determinado año del pasado cercano. Las ponderaciones son fijas, no cambian con el tiempo aunque los patrones de consumo muden. Aunque, bien es cierto, que periódicamente se actualizan. El IPC es un artefacto estadístico, con sus virtudes y sus defectos. Y tanto las unas como los otros son bien conocidas. Hay tres razones por las cuales el IPC puede sobrestimar el coste de la vida. La primera de ellas es el llamado sesgo de sustitución. Cuando unos bienes se encarecen, el consumidor los sustituye por otros más baratos. Como el IPC usa una cesta fija de bienes para ponderar los precios, no toma en consideración este cambio en la composición del consumo y le concede un sobrepeso a los bienes que se han encarecido. En segundo lugar, al usar una cesta fija, no toma en cuenta la introducción de nuevos bienes. Y en tercer lugar, tampoco tiene en cuenta los incrementos de la calidad de los bienes. De hecho, a mediados de los noventa el Senado de los Estados Unidos se tomó en serio la medición del sesgo al alza del IPC. Encargó el trabajo a una comisión de destacados economistas, encabezada por Michael Boskin, la cual calculó que la inflación estaba sesgada al alza entre 0,8 y 1,6 puntos porcentuales al año. Por lo tanto, si estos cálculos son extrapolables a España, el poder adquisitivo de los trabajadores posiblemente esté creciendo a un mayor ritmo del que indica una primera ojeada de los números. Es cierto que en la elaboración del IPC no se incluye el precio de la compra de vivienda. Y muy acertadamente, pues el IPC pretende medir el precio del consumo. La adquisición de vivienda tiene un componente de ahorro y otro de consumo. Si se incluyese el precio de la compra de vivienda se introduciría el precio de un bien de inversión en un índice de precios que sólo se refiere al consumo. Afortunadamente, se puede captar el factor consumo de la vivienda introduciendo en el IPC los alquileres. Y se incluyen. Por lo tanto, el IPC capta el encarecimiento del consumo de vivienda. De hecho, uno podría darle la vuelta a la tortilla y argumentar que el encarecimiento de la vivienda refleja, al menos parcialmente, el incremento del poder adquisitivo de los trabajadores que, al poseer una mayor capacidad de ahorro, demandan más y mejores viviendas.