ETA es el enemigo

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

NO ES el momento de hacernos reproches, ni mucho menos de partirnos la cara. Pero tampoco nos hagamos ahora los sorprendidos, porque tal y como iban las cosas sabíamos todos, todos, que esto iba a acabar de un momento a otro. Hasta el más tonto del pueblo conocía lo que nos estaban diciendo las fuerzas de seguridad, lo que nos decía el entorno de los descerebrados, el de los que negociaron y el entorno de los que negociaron pero no querían que ahora se negociase. Así que todos éramos conscientes de que de un momento a otro regresaríamos al pasado. Y aquí estamos, como hace un año. En el mismo nuevo-viejo escenario. Con la misma tristeza, la misma angustia y la misma pesadilla de saber que en cualquier momento volvemos a la locura de la muerte y del horror. Y que volveremos también a escuchar las mismas llamadas a la serenidad, las mismas críticas y las mismas condenas que llevamos escuchando desde que aún usábamos chupete. Pero no voy a ser yo quien caiga en la tentación de no colocar el punto de mira en el lugar exacto. En ETA. Porque contra todo lo que le escuchamos durante el día de ayer a nuestra insigne clase política, sólo hay un responsable. ETA. Ella es la que mata, la que amenaza, la que extorsiona, la que exige, la que pone condiciones y la que quiere doblegar al Estado de derecho. Por eso conviene que no perdamos de vista, en los próximos tiempos, el objetivo. Y que nos dejemos de memeces de que Zapatero habla de unidad sabiendo que no la va a lograr y que Mariano habla de cesión sabiendo que tampoco se va a producir. De lo que hay que hablar es de los asesinos que ayer tomaron la decisión de romper una tregua que ya habían hecho pedazos en la T-4. Así que dejémonos de desvaríos y disparates. Porque mira que vamos mayorcitos y aún así no llegamos a entender que tenemos un único enemigo. Los asesinos etarras. Y mientras no entendamos esto, mientras sigamos obcecados en batallas personales, seguiremos alimentando a nuestros propios verdugos. A un servidor le ocurre lo que a Cervantes cuando, presa de la desazón, dijo que «me moriré de viejo y no acabaré de comprender al animal bípedo que llaman hombre».