Nubes sobre el G-8

| INOCENCIO F. ARIAS |

OPINIÓN

LA REUNIÓN del G-8, es decir, de los países más poderosos de la tierra, en la ciudad alemana de Rostock parece que se celebrará con más tensiones que las anteriores. Las hay entre Estados Unidos y Europa, aunque la nueva constelación de dirigentes europeos -Merkel, Sarkozy- sea más proamericana que las anteriores, y tiene lugar en fechas en que las puyas entre los dirigentes de Rusia y Estados Unidos son cada vez más frecuentes en la prensa. Por ejemplo, los medios estadounidenses que han dado muy escaso relieve a la visita de Condi Rice a Madrid recogían, sin embargo, más ampliamente la crítica abierta que la secretaria de Estado ha hecho a Rusia cuando recibía una distinción en Alemania: «Queremos una Rusia fuerte, pero en el sentido del siglo XXI, es decir con instituciones y prensa independientes. Tenemos dificultades para entender a la diplomacia rusa en el tema de los misiles...». El primer tema de desencuentro de la Cumbre es el medio ambiente, cuestión preparada con interés por la anfitriona Merkel. Estados Unidos viene mostrando unas conocidas reticencias hacia las medidas conservadoras de Kioto y se temía un enfrentamiento. Bush, en titular del Financial Times , dio un giro capital sobre el calentamiento de la atmósfera. Admitió la gravedad del mismo y abogó por la celebración de prontas reuniones entre los quince países más contaminadores de la tierra para tratar de reducir la emisión de gases. El anuncio fue impactante y provocó inmediatas reacciones. La canciller Merkel lo saludó en un primer momento como algo importante, para decir más tarde que era mejor que el tema se siguiera discutiendo en la ONU y no en foros paralelos. Blair y el primer ministro japonés lo aplaudieron, y el ministro de Medio Ambiente alemán formuló la pregunta en boca de muchos comentaristas: «¿Es un cambio real o una maniobra para sembrar la confusión?». Sea lo que sea, EE.?UU. ya no estará solo y habrá una posible escisión en el G-8. Japón, Gran Bretaña, tal vez Canadá y China (que este año pasará a Estados Unidos en la emisión de gases) dirán que hay que considerar la propuesta. Simultáneamente, un periódico británico, The Guardian, denuncia en documentado reportaje que el sistema implantado por la ONU en Kioto para controlar el canje de emisiones de carbón es claramente defectuoso: «Muchas ganancias para empresas, poco ahorro de emisiones contaminantes». Otro desacuerdo será Kosovo. La disidente aquí es Rusia, que se opone a la independencia, aún vigilada, que Europa y Estados Unidos están dispuestos a conceder a ese territorio yugoslavo. Lavrov, ministro ruso, ha dicho que modificar fronteras en los Balcanes es un avispero, e insinuado que podrían usar el veto en la ONU para impedirlo. Rusia acude a la reunión con frecuentes y ruidosos roces con Estados Unidos sobre el despliegue de misiles, y totalmente «disimulada» con Gran Bretaña por el affaire del envenenamiento del disidente ruso en Londres. El Gobierno británico exige la extradición -«un asesinato es un asesinato»- y Moscú lo presenta como un tema político. Medios de información sajones piden que se diga claro a Rusia que en una democracia y en una economía de mercado hay reglas que respetar. Tampoco será fácil el acuerdo en Darfur que EE.?UU. pondrá sobre la mesa por la pujante presión de su opinión pública. La tragedia sudanesa continúa. Gran Bretaña y Francia serán receptivos, pero China, que compra la mitad del petróleo sudanés, y en buena medida Rusia, afirmarán que el tema es complejo y que castigar al Gobierno de Sudán es contraproducente. Mientras, pobres africanos, seguirá muriendo gente.