UNA VEZ confirmada la abrumadora victoria del Partido Popular en las elecciones municipales del pasado domingo, una victoria tan contundente que le hace perder el control de autonomías, municipios y diputaciones; y comprobada también la derrota estrepitosa de los socialistas, derrota que les permite hacerse con más poder del que tenían, el escenario se sitúa ahora sobre algunos de los candidatos. Los que van a gobernar, los que no lo podrán hacer, los que quisieran pero no pueden, los que pueden y también quieren y los que les entra el pánico de enfrentarse a la realidad y huyen despavoridos. Es el caso del socialista Miguel Sebastián. Al candidato ideal para Madrid, el hombre capaz de desbancar a Alberto Ruiz Gallardón y la apuesta personal del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, le ha entrado el canguis, está cansado y defraudado de la política y ha decidido regresar a la Universidad, de la que nunca debió salir. Después de haber hecho el ridículo antes, durante y después de la campaña, Sebastián regresa a las aulas, imagina uno que con gran desazón para el alumnado temeroso de que ponga en práctica el mismo escaso rigor que puso con Gallardón, Montserrat Carulla y la operación Malaya. Pero más allá del zapatazo electoral, la decisión que toma Sebastián es un fraude en toda regla. Porque si al candidato favorito de Zapatero le hubieran acompañado los resultados no habría tomado el mismo camino. Y, por tanto, hay que entender que ante la debacle decide dejar en la estacada a los 486.826 madrileños que tuvieron el valor y el coraje de apoyarlo, que ya es tener valor y tener coraje. Y que lo que a Sebastián le mueve a tomar esta decisión es que no le apetece nada pasarse los próximos cuatro años contemplando cómo lo hacen Gallardón y los suyos y recordándole al país cada día que la gran apuesta de Zapatero ha sido un estrepitoso fracaso. Pero la estampida del derrotado socialista madrileño y el consiguiente fraude al electorado no es responsabilidad exclusiva de él. Lo es también de quien se lo consiente. De quien le permite que abandone, «por el bien del partido», sin responder al compromiso contraído con los electores. Lo que viene a ratificar lo que ya creíamos. Que el partido es lo único importante.