QUIENES se empeñaron un buen día en dar carácter de primarias a la consulta electoral de ayer van a poder analizar, con mucha paciencia y muy polo miúdo, los resultados finales de esta jornada. Y, si continúan con la misma teoría, que continuarán porque es difícil moverlos, podrán ver qué hacen para ir a las generales del próximo año sin cometer los mismos errores. Empezando por la abstención, que otra vez más se nos ha ido por las nubes, y que tiene una causa clara y evidente. El hartazgo, el cansancio y la desconfianza en esta clase política de un sector del electorado. La ausencia de un discurso coherente y convincente. Y, probablemente también, el desinterés de muchos de los nuevos votantes por discursos caducos y alarmistas. Pero, abstención al margen, esos que defendieron con tanto ahínco y también tanta desmesura el carácter de primarias tendrán, sin duda, otra gran cantidad de datos en los que fijarse para las próximas. Por ejemplo en lo acontecido en Navarra, que resulta altamente significativo. Porque los electores han enviado castigados a los bancos de la oposición a los que, por activa y por pasiva, nos aseguraron que la comunidad había sido entregada a las fuerzas extranjeras y a los que encabezaron manifestaciones contra la rendición etarra. O lo acontecido en Baleares, donde la corrupción urbanística le ha pasado factura al partido en el poder. Y también, cómo no, lo ocurrido en Madrid, en la comunidad y en el ayuntamiento, en los que las apuestas personales de Zapatero se han esnafrado contra la fortaleza de los candidatos populares. Y es que Zapatero tiene que irse olvidando de la baraka que parecía favorecer sus decisiones. Y ese mismo análisis les dirá a esos empecinados que la llegada del bipartito a San Caetano está comenzando a tener sus efectos. Y que unas elecciones no se ganan hablando de Touriquín, ni de las barbas de los candidatos. Que las elecciones se ganan con ideas, programas, trabajo y credibilidad. Pero, por encima de cualquier otra interpretación, todos disponemos de un dato incuestionable. El electorado español está dividido en dos bloques iguales. Así las cosas, lo mejor es no seguir atizando el fuego.