SON TAN escasas, las buenas novelas, que conviene hablar de ellas cuando aparecen. Me refiero a Arthur and George , el último trabajo de Julian Barnes. Impecable labor que recupera, desde las vidas de dos personas que se entrecruzan, todo un mundo: el posvictoriano. La riqueza del fresco hace suponer que un ejército de colaboradores cuidó los detalles. Barnes tiene otra obra inolvidable. Barnes es una de las cosas más raras que se puede ser: un inglés afrancesado (algo así como ser de Chamartín y culé). En El loro de Flaubert había bordado la literatura sobre escritores, al recuperar la figura impar de Madame Bovary soy yo. Ahora repite experiencia y la mitad de su libro se sostiene sobre sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Es el Arthur del título. El George es el hijo de predicador de tez oscura que quiere ser más inglés que los ingleses. Pero que termina acusado de liderar una banda que maltrata animales. No desvelaré más de la trama policíaca, que la hay, como en las mejores novelas del propio Conan Doyle. La novela clásica empieza por narrar la infancia de los protagonistas. Al leer, uno se da cuenta de cómo pequeños detalles de nuestra niñez nos marcan para toda la vida. En un niño están las huellas que luego recorremos en el camino de una biografía. Es imponente el momento de crisis que Barnes cuenta que vivió Doyle. Escribe que, cuando no se sabe hacia dónde ir, lo mejor es aferrarse al deber. La trama, basada en hechos reales, se va complicando hasta que nos deja exhaustos y con la boca abierta. Y cumple el precepto de las grandes novelas: transforma a quien la lee. No somos los mismos al abrir el libro que al cerrarlo. La literatura no es algo dermoestético. Leer con los ojos bien abiertos no nos hace más altos ni más guapos. Pero nos hace más sabios. cesar.casal@lavoz.es