RECIENTEMENTE, Jordi Giró fue a visitar un piso que acababa de comprar en una subasta, situado en Roses (Cataluña). El piso fue subastado porque la dueña no pagaba la hipoteca. El bueno de Jordi, que adquirió su piso con todas las de la ley, decidió ir a echar un vistazo a su flamante propiedad. Lo que no hubiera podido imaginar nunca es que se iba a encontrar dentro el cadáver de la anterior inquilina. Allí estaba la señora, muerta a los 55 años de edad de causas naturales. Momificada por el aire salado. Muerta desde el año 2001. Nadie había ido a buscarla: simplemente subastaron su piso cuando dejó de pagar facturas. Es un asunto que invita a la reflexión. Primero por la creciente incomunicación y aislamiento de nuestra sociedad (ninguno de los familiares de la señora denunció su desaparición). Aunque eso es un tema que sobrepasa la capacidad de análisis de estos 1.800 caracteres. Sin embargo, sí que hay un segundo pensamiento que puedo lanzarle. Si hoy te casas a los 30, con una hipoteca a 35 años, puede ser que ese papel que estés firmando te sobreviva. Esa rémora para el progreso de la mayoría que es el mercado inmobiliario nos atrapa como un pegajoso papel matamoscas, y nos convertimos en los sirvientes de un puñado de metros cuadrados -y de un puñado de sinvergüenzas-. Así que... ¿para qué, realmente, está usted luchando en esta vida? Familia, hijos¿ ¿facturas? Volvemos a casa a las diez de la noche, apenas nos comunicamos, la televisión -delante de la que murió la señora- es nuestra mejor amiga. Y todo para que nos sobreviva ese pedazo de papel que tenemos firmado con el banco. A mí no me gustaría llegar a la jubilación dándome cuenta de que sí, tengo la casa pagada, pero me he perdido mi vida y la de los míos. Bien pensado, el segundo pensamiento es el mismo que el primero.