Bush en el rincón

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

17 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PRESIDENTE Bush nos recuerda a esos boxeadores que, tras retroceder hasta el rincón, aguantan un chaparrón de golpes con la esperanza de que el rival se agote y un contragolpe afortunado le permita salvarse. Esto le salió bien al gran Cassius Clay en su combate en Zaire contra George Foreman, pero lo normal es que suceda lo contrario y que el arrinconado acabe en el suelo. Tal es la situación en la que encuentra el presidente estadounidense, hostigado y sin ninguna estrategia de contención del desastre iraquí. Acorralado en el rincón, parece esperar solamente un golpe de fortuna (¿iraní?) que le devuelva la iniciativa. Pero de momento la situación de Irak sólo cambia a peor. Y la opinión pública lo golpea con una desafección implacable y progresiva, mientras el Partido Demócrata se apresta a rentabilizar el desastre, aunque no sepa muy bien cómo. Lo subrayaba hace poco el diario The New York Times. Bush sigue negándose a hacer lo único de verdad importante que puede hacer: «diseñar, mientras quede tiempo, una estrategia que contenga el caos en Irak y minimice el daño que sufrirán los intereses americanos cuando las tropas inexorablemente se vayan». El diario neoyorquino aún va más lejos: «Bush tiene que afrontar la cruda realidad y abandonar sus fantasías de victoria y reivindicación propia de última hora. Si no lo hace, puede verse desbordado¿ por un asalto bipartidista que lo empuje hacia la salida más próxima». Pero el presidente de Estados Unidos sigue contra las cuerdas aguantando un temporal que no hace más que arreciar. Espera recibir alguna buena noticia de Irak en los próximos cuatro meses. Está seguro de ello -o seguro de que no tiene otra opción que esperar- y soporta el castigo como si se creyese el mismísimo Cassius Clay. Pero no lo es. Cassius Clay tuvo una estrategia inteligente desde el principio, no se desvió de ella y acertó. Bush tuvo también su estrategia inicial, que brilló en la fase de la invasión, pero que después se convirtió en un completo desastre, que no ha sabido corregir. Quienes le apoyaban, como los siniestros Paul Wolfowitz y Donald Rumsfeld, ya están en otras labores. Sólo queda él en el rincón esperando un milagro. Paralizado. Mientras le llueven los golpes.