| O |
16 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.HABLAR del espectacular exitazo económico de Irlanda ya es tópico. A comienzos de los ochenta tenían un paro del 15% y ha caído al 3,8%. Eran el país más pobre de la Europa de los doce y hoy son el segundo con mayor renta per cápita, tras Luxemburgo. Han crecido varios lustros a ritmo del 9%. Han atraído a más de un millar de multinacionales y hasta la población ha subido: un 8% más que en 1996. Hoy, los 4,2 millones de vecinos de la República de Irlanda viven como pachas y asombran al mundo. Galicia comparte con Irlanda un similar tamaño, un pasado rural, un éxodo extenuante a Ultramar y la condición de país periférico. Así que una sana envidia invita a tomar ejemplo: ¿Cómo han logrado ponerse en órbita? ¿Habrá sido manteniendo el impuesto de sociedades en el entorno del 30%? ¿Será gracias a obligar a todos los críos a escolarizarse por completo en gaélico dejando en segundo plano el inglés? ¿Habrán despegado apostando por incrementar constantemente el gasto público a costa del déficit del Estado? ¿Lo habrán conseguido porque prefieren improvisar que planificar? ¿O radicará la clave del éxito en que sus sindicatos siguen bloqueado ciudades enteras con piras de contenedores? Pues no. No lo han hecho con el afamado modelo gallego. ¿Por qué pita Irlanda? Pues porque a las multinacionales les resulta práctico un país donde todo el mundo habla inglés; porque bajaron el impuesto de sociedades del 40% al 12,5%; porque son la quinta economía más abierta; porque apostaron a saco por la educación; porque se especializaron en cuatro campos -electrónica, informática, fármacos y química- en lugar de hacer de todo en plan trapalleiro; porque les han agilizado la burocracia a las empresas y porque han pactado para tener una bajísima conflictividad laboral. En efecto: igualiño que nós.