EN ROMA, el ciudadano que pretendía una magistratura pública (candidatus) lucía una toga de color blanco (candidus) como muestra de que era puro, limpio, inmaculado y no manchado, e, incluso, con ella abierta para que el pueblo romano pudiera ver hasta sus cicatrices, como prueba de su valentía en el campo de batalla. La palabra persiste, pero no así la credibilidad. Y en este momento de desprestigio generalizado de la clase política, quiero llamar la atención de la enorme responsabilidad que significa solicitar, y, en su caso, obtener, nada menos que la confianza de los vecinos para solucionar sus problemas concretos, al margen de los grandes principios programáticos o de la crítica del adversario. Resulta oportuno insistir en que el servicio público como ediles (originariamente, custodios del templo -Aedes- de la tríada plebeya Ceres, Liber y Libera, construido a los pies del Aventino) sigue constituyendo una de las tareas más honrosas a las que un hombre de bien puede dedicarse y que a todos atañe, puesto que, como había señalado Aristóteles, el hombre es un zoom politikon, en el sentido de ser social, al que, en consecuencia, no le resulta indiferente quién dirige la sociedad y cómo lo hace. Cada pueblo tiene, en buena medida, lo que se merece y, como dijo Platón, quien no se interesa por la gestión pública luego no puede quejarse de ser gobernado por los peores. Ramón y Cajal justificaba la mala fama de los políticos en que «salvo contadas excepciones, nadie ocupa su puesto», puesto que «los altos cargos se adjudican a gentes sin adecuada preparación, con tal de pertenecer al partido imperante, por donde adviene su rápido desprestigio». Resulta envidiable la amplia participación en las recientes elecciones francesas. Se le habló a la gente de lo que de verdad le interesaba. Y la sociedad civil respondió masivamente. Para elegir, bien es verdad, por votación directa al presidente de la República. Veremos si, tras esta campaña municipal, los candidatos, designados, en gran medida por los aparatos de los partidos, son capaces de entusiasmar a los ciudadanos y la abstención en nuestros ayuntamientos desciende. Una alta participación se produce siempre que los votantes comprenden el valor decisivo de su voto. Sería un buen adelanto. De lo contrario, procede una reflexión colectiva. Y ahora ya se recuerdan las promesas electorales en la red a través de la página web Lo prometido es deuda.