HAY MUCHAS maneras de corromper el final de una campaña que se podría haber coronado de otra forma, sin ensuciar los modales de un partido ni manchar la fama de un nombre. Ahora, Ségolène Royal tendrá que ponerse a implorar al destino que cundan todos los males que auguró para Francia en la opción de una victoria de su adversario. Porque si bajo la presidencia de Nicolas Sarkozy Francia no se hunde en las «violencias y brutalidades que desencadenará su mandato», Royal tendrá que comerse una a una sus palabras, y tomar buena nota de que el recurso al miedo suele ser el recurso del fascismo. Fuera de eso, y de la extravagante posibilidad de que los franceses hayan puesto su república en manos de un sacamantecas, Francia bien puede apretarse el cinturón, porque los tiempos vienen duros, aunque novedosos, es decir, entretenidos. La principal novedad tiene que ver con el hecho casi revolucionario de que un conservador hable en Francia de «ruptura» frente a una candidata socialista perfectamente dispuesta a perder los papeles y agriar el gesto en cuanto se le recordaba la necesidad de coger por los cuernos el toro de las reformas. Esta ha sido, en realidad, una campaña de pugna entre intereses creados, desarrollada entre los pormenorizados escalofríos de quienes podían temer -y, muy probablemente, con razón- que de un modo u otro, sea como sea, la presidencia resultante habrá de articular una política que recortará privilegios adquiridos y que comienzan a pasar una ardua factura. El presidente Sarkozy tendrá que liberalizar la economía francesa. Habrá de acabar con un proteccionismo que durante demasiado tiempo pasó por ser el mejor de los mundos posibles para un número de franceses no demasiado dispuestos a la conciencia de un creciente naufragio. Un diplomático dijo que era «un Fidel Castro de derechas», es decir, una especie de Napoleón o de De Gaulle, que ahora cuenta con todo el carácter de intocable que otorga la presidencia de la República. Puede hacer y deshacer manteniéndose más allá de cualquier responsabilidad y percance. Es como un monarca, pero más poderoso y menos distante. Tiene el poder y las ganas de mandar. Y quizá también el convencimiento de que al cabo de los doce años desperdiciados por Chirac para enmendar la dejadez de Mitterrand, ahora es la oportunidad más viva para dejar de perder el tiempo y evitar que Francia se siga perdiendo a sí misma, extraviada en una sobredosis histórica de amor propio de la que podría salir sin dejarse hecho trizas el orgullo. El ciudadano francés, por otro lado, mantiene al alza sus ganas de votar, y lo hará pronto de nuevo. Gaullistas, centristas y liberales han sabido reagrupar sus votos para esta victoria. Socialdemócratas e izquierdistas radicales habrán de concentrar de algún modo los suyos -ya que no sus ideas- a menos que prefieran afrontar una derrota que, más allá de la infligida a la candidata Ségolène Royal, sería la de la izquierda francesa.