SI NO fuese por su exquisita discreción, la conselleira de Sanidade sería una de las mujeres revelación -algún día hablaré de ellas- del bipartito. Su intento de poner orden en la gestión de la salud -Sergas incluido-, y su renuncia a disculpar con el pasado todas las carencias y disfunciones, constituyen un motivo de atención para los estudiosos de la gestión pública, y ponen de manifiesto el enorme contraste que existe entre la política de parches que practicó el Gobierno Fraga, y este deseo de reordenar unos recursos materiales y humanos que, en materia de salud, siempre resultan escasos. A la política de grandes y costosas alharacas practicada por Romay, que fue taponando los agujeros con dinero, fundaciones y un desorden consentido del personal sanitario, funcionario y laboral, siguió después la política del laissez faire, laissez passer practicada por Hernández Cochón y González Álvarez, que consiguió meter todos los problemas en la olla a presión y dar la sensación de calma chicha. Pero la realidad es que en cuanto se pasa el algodón por las paredes del sistema, sale más negro que un pulmón de fumador, lo que nos alerta de la necesidad de articular una política de salud que restaure, desde sus cimientos, el deteriorado modelo que hemos heredado. Las fundaciones fueron un fiasco. Los hospitales desperdician medios y personal. La medicina pública se mezcla de manera escandalosa con la privada. El personal no funcionario es explotado con descaro mediante la precariedad laboral. Los institutos autónomos, que dispersan y laboralizan la gestión, proliferaron como las bacterias en un quirófano. Y todo ello sin que se haya resuelto ni uno sólo de los problemas reales o ficticios -el coste de los medicamentos, el abuso de las urgencias y la ineficiencia de los ambulatorios- con los que nos dieron la tabarra, y disculparon su fracaso, durante quince años. Por si algo faltaba, también ahora se cumple la maldición de los débiles, que hace estallar en protestas y exigencias inaplazables a todos los que se pasaron cuatro legislaturas callados como muertos, intentando ganar la benevolencia del poder, y dejando que llegase la situación al punto mismo del colapso. En ese contexto -sin tiempo aún para evaluar resultados- la política desplegada por María José Rubio transmite una gran sensación de rigor, prudencia y decisión, como si ya hubiese descifrado el mapa del laberinto en que se mueve, y como si tuviese clara la estrategia para cambiar, restaurar y optimizar el sistema. Y a eso se le llama gobernar, algo que no tiene nada que ver con el brillo de los parches, el cultivo de la imagen y el engolamiento del discurso. Y ojalá que sigamos así.