A RAJOY le fascina la gente normal, la que sólo se preocupa por la vida cotidiana. Y si alguien le habla de Irak, de los pelotazos urbanísticos o del 11-M, el jovial dirigente de la derecha frunce el ceño y exige que le pregunten -dicho con sus palabras- «por las cosas que interesan a la gente». Con ánimo de hacer asequible tan profundo pensamiento, Mariano Rajoy suele acompañar su sentencia con una letanía prefabricada en la que enumera las inquietudes de los ciudadanos: la vivienda, la compra, la sanidad y las pensiones. A veces concreta un poco más, y, poniéndole nombre a los problemas, concluye que los españoles también hablamos de educación, del preso De Juana Chaos y de la venta de Navarra a ETA. Pero en términos generales sólo describe como «normales» a los que confunden el mundo con su ombligo y a los que jamás piensan en los determinantes colectivos del bienestar y la justicia. Hace treinta años, cuando iniciaba mi vida laboral, también yo era normal, porque dedicaba casi todos mis esfuerzos a comprar una casa, a ser afiliado a la Seguridad Social y a estudiar las ofertas del supermercado. Y es muy posible que fuese esa normalidad la que nos llevó a Rajoy y a mí a coincidir en la misma lista. Pero los años pasan y la gente pierde la cabeza. Y, mientras Rajoy sigue pensando en esas cosas que preocupan a la gente, yo empecé a hacer excursiones por ciertas chorradas macabeas que sólo sirven para esterilizar el debate y entretener a las minorías selectas. Se puede hablar, como a mí me gusta, de la construcción de Europa, o de la creación de un orden internacional justo y sin guerra, pero viene Rajoy y te asegura que la gente normal no se mueve por eso, sino por el precio de la fruta. También se puede comentar la diversidad cultural y lingüística de España, pero enseguida te recuerdan que ninguna encuesta ratifica el interés de la gente por tales banalidades. E incluso se pueden tomar los derroteros del desarrollo sostenible o de la igualdad social. Pero enseguida llega Rajoy para reivindicar las «preocupaciones de la gente», que siempre tienen que ver con su biología animal: comer, tener una madriguera, engendrar y adiestrar a la prole, y lamerse las heridas en un hospital. Y por eso estoy convencido de ser un tío rarísimo, que no acaba de conectar con la aurea mediocritas que tanto le gusta a Rajoy. Así que escribo este artículo para darle ánimos a esa gente rara que piensa en algo más que en comer y comprar piso, y a los que creen que el orden social precede y fundamenta el bienestar de las personas. Porque estoy convencido de que la gente normal aporta muy poco al progreso común, y que sólo la gente rara se merece mis elogios.