Entre zar y valido

PEDRO GONZÁLEZ-TREVIJANO

OPINIÓN

LA HISTORIA de Rusia ha estado, para desgracia de sus habitantes -casi siempre súbditos, y casi nunca ciudadanos-, presidida por la tiranía y el absolutismo. Así aconteció en la Rusia zarista, con un pueblo hundido en la miseria y una aristocracia despótica, omnímoda y ajena a los sufrimientos de los suyos. Y así sucedía después con la llegada del comunismo, para escarnio de tantos intelectuales encandilados por la barbarie con rostro humano (véase, por todos, el caso de Sartre), tras el triunfo de la Revolución bolchevique en 1917 y la aplicación de los postulados leninistas. Traigamos a la memoria los nombres de la ignominia -aunque no todos revistieron, desde luego, el mismo grado de perversidad-: Stalin, con mucho el más execrable, Beria, Malenkov, Jruschov, Breznev, Andropov y Chernenko. Unos abyectos dirigentes sobre los que la humanidad desea pasar página. Como podríamos decir, parodiando a François Mauriac, gran parte del pasado colectivo ruso ha sido «une obscénité de l¿esprit». Por eso, si de algún lugar de Europa se podría aplicar el adagio de Lord Acton de que «el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente», sería de Rusia. Como recordaba con tristeza el filósofo Meter Chaadayev en sus Cartas filosóficas (1836), «somos una de esas naciones que no parecen formar parte de la raza humana». Dicho esto, los tiempos modernos han traído sin embargo un cambio a mejor. Los nombres, con todas las sombras que se quiera, de Gorbachov y Yeltsin, supusieron una transformación cualitativa en el entendimiento de las relaciones de poder entre el Estado y sus aspirantes a ciudadanos. Un poder detentado hoy, desde hace ya siete años, por el ¡nuevo zar de todas las Rusias, el todopoderoso Rasputin de su maquinaria estatal! Hablamos, por supuesto, de Vladimir Putin, un presidente que no ha podido, sabido o querido cambiar los perfiles dictatoriales heredados de la clase política comunista. De un lado, su carácter autocrático en sus relaciones con las demás ex repúblicas comunistas, y hoy independientes -Ucrania, Bielorrusia y Moldavia- de la desaparecida Unión Soviética. Y, de otro, su autoritarismo en la política interna, al frente de una pléyade de fieles funcionarios reclutados entre las filas de los siloviki comunistas. Así que, cambios ha habido, pero todavía insuficientes. Pero lo más llamativo de nuestro dirigente fue, en su momento, su confesada voluntad de abandonar el poder dentro de un año, no presentándose a las próximas elecciones presidenciales. Y es que la Constitución de Rusia de 1993 (artículo 81. 1) prohíbe un tercer mandato presidencial. Quién lo diría. Putin aparece como un convencido apologeta de la limitación temporal -que por supuesto no horizontal- del poder político. Pero hete aquí, que ya se ha iniciado el cántico laudatorio de los fieles entre sus fieles, reclamando del jerarca que reconsidere su postura, inste la reforma de la Constitución y decida su nueva postulación a la presidencia de la república rusa. ¿Cumplirá su promesa? El tiempo lo dirá. En todo caso, sigue aún sin producirse la incorporación de Rusia a Europa. Estamos más cerca del desierto escita apuntado por Gibbon, que de la «nation d¿Europe» de Montesquieu. Y lo más importante: sus habitantes añoran su conversión en auténticos ciudadanos. Algo que pasa por garantizar el imperio de la ley, los derechos humanos y la transparencia institucional. ¡Quedamos a la espera!