EL SÁBADO por la mañana pasé dos horas deliciosas en el Teatro Principal de Santiago, donde la Fundación 10 de Marzo le rendía a Geluco un homenaje sincero y merecido. Geluco es, para los cincuentones, Anxo Guerreiro, el que fuera secretario general del Partido Comunista de Galicia, y el que ahora desgrana un análisis político profundo e inteligente, madurado en mil batallas ganadas o perdidas. Lo que dominaba en el Teatro Principal era lo que antes se llamaba «rojerío». Había rojos inmarcesibles y ejemplares, como el propio Guerreiro. Pero también había rojos descoloridos, rojos reconvertidos, rojos nostálgicos, rojos de pura fachada y cuatro nacionalistas. Y también estaba yo, que, por tener la cabeza liberal y el corazón colorado, siempre me encuentro muy a gusto con los que tienen libre el corazón y el cerebro bermejo. En los discursos hubo algo de todo, desde el agradecimiento de una clase política actualmente triunfante, que se formó a la sombra del admirado Geluco, hasta la nostalgia de los que echan de menos aquellos años del tardofranquismo que nos convirtieron a todos en héroes de la democracia. También se dejó ver la generación que intenta, desde EU, una continuidad imposible. E incluso hubo sitio para esos ingenuos revolucionarios que -por no leer la lección de la historia- se llegan a identificar con la causa necesaria de sucesos inexorables. Pero a mí me gustaron especialmente las intervenciones de Xan Facal, brillantísimo y tierno a la vez; de Nogueira, con justa perspectiva de los hechos; y de Pérez Touriño, que supo conectar su posición institucional con su vieja historia, sin robarle a Geluco y a Victoria ningún protagonismo. Claro que el que mejor estuvo fue Guerreiro, al que ni siquiera la emoción le impidió ser preciso, humilde e inteligente como siempre, con un diagnóstico sobre la situación actual que hace patente su condición de líder indiscutible. Conocí a Geluco en 1980, cuando representábamos al PCE y AP -¡tiempos aquellos!- en los Pactos del Hostal. Y gané su amistad en el Parlamento plural y dialogante de 1981, cuando él era portavoz de los comunistas y yo de los populares. Desde entonces recuerdo con admiración y cariño su brillante dialéctica, que, a pesar de la enorme distancia que nos separaba, generó hermosas tardes parlamentarias en Gelmírez y Fonseca. Por eso quiero unir mi homenaje al que le dieron sus correligionarios, para significar que el que siempre fue un político inteligente, honrado y generoso, se ha convertido ahora en fuente de lucidez y consenso, como si le hubiésemos robado al PCE una parte de su historia para convertirla en patrimonio ejemplar de todos los gallegos.