Lo que puede hacer el rey, lo que puede hacer la ley

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

LEY Y escuela: esos fueron en su día los dos pilares esenciales del espíritu ilustrado. La escuela, que haría mejores a los hombres, y la ley, que los obligaría a ajustarse a la voluntad pública fijada con carácter general cuando la educación no hubiera alcanzado su objetivo. O se arregla antes por las buenas con la escuela, o más tarde por las malas con la ley: tal era la idea. Dos siglos después, seguimos en lo mismo, pero con la pequeña diferencia de que ni la una ni la otra parecen servir ya para recuperar retrasos seculares y poner al día a los que salen desde muy atrás en la carrera. Los españoles, por ejemplo. Unos buenos amigos viajaron a Bretaña esta Semana Santa con sus hijos y se trajeron unas fotos que ponen los pelos como escarpias. No las fotos, entiéndanme, sino la comparación entre aquella civilización y esta barbarie, entre aquel urbanismo primoroso y este urbanismo desastroso, entre aquellos paisajes de ensueño y éstos de verdadera pesadilla. Es el mismo contraste que existe entre nuestras tasas de accidentalidad en carreteras y las, muy inferiores, que arrojan Francia o Inglaterra. ¡O entre nuestra «red de botellones» y sus redes de bibliotecas e instalaciones deportivas! Partimos con décadas enteras de retraso, y ese retraso histórico es el que explica que estemos todavía muy atrás: con los ayuntamientos concediendo las licencias de construcción para edificar de una tacada cientos -incluso miles- de viviendas y con los puntos -los del carné y aun los terribles de sutura- incapaces de frenar la sangría escalofriante de nuestras carreteras. Y lo peor es que para recuperarnos del retraso, ni la escuela ni la ley tendrán ya la utilidad que en su día se les quiso atribuir. En la escuela, ya lo ven: con unos índices de fracaso escolar que pondrían colorados a los vecinos con los que debemos compararnos y con debates tan increíbles como el de si los escolares ¡deberían o no poder usar el móvil en las aulas! Estamos buenos. En cuanto a la ley, todo parece haberse puesto ya en sus manos, confiando absurdamente -como la realidad se encarga de demostrar una y otra vez- en que, hecha la ley, resuelto el caso. No es así. Y no lo es porque las utilidades de las leyes son siempre marginales y sirven sólo para controlar la desviación excepcional. Pero cuando la desviación no es la excepción, sino la norma, las leyes tienen un rendimiento decreciente. Escribía Edmund Burke, un gran filosofo del siglo XVIII, que un rey puede hacer un noble, pero no hacer un caballero. A la ley le pasa igual: puede, por sí sola, hacer un súbdito, pero difícilmente un ciudadano.