EL MINISTRO del Interior se quiere quitar muertos de encima. Literalmente. Hizo una contabilidad de los accidentes de tráfico de la Semana Santa con unos criterios que yo no había escuchado nunca: víctimas en carreteras cuya gestión corresponde al Estado y víctimas en calzadas de otras Administraciones, como son las autonómicas, las diputaciones y los cabildos insulares. Fue como decir: que cada gobernante responda de sus muertos. No lo dijo así, pero así sonó. Es que el Gobierno empieza a estar inquieto por las culpas que lleva, que siempre son de lo malo. Si el sistema sanitario no dedica tiempo bastante a atender a los pacientes, todo el mundo mira a la ministra Salgado, cuando hay que mirar a las consejerías de Sanidad. Y si hay muchos accidentes mortales de tráfico, todo el mundo observa al director general, Pere Navarro, y no al cargo más próximo de quien dependen las carreteras. ¡Ya está bien!, parecen decir los ministros. Creo que tenemos que irnos acostumbrando a esta distribución de críticas y responsabilidades. El caso es que se mató más gente en las carreteras secundarias, habitualmente de las Administraciones periféricas. El Estado parece tener la conciencia más tranquila, como si tuviera que mandar menos coronas a los entierros. ¿Y qué pasa en esas carreteras de segunda? Pasa que no hay Guardia Civil suficiente para estar en todas, con lo cual los conductores de las prisas se desmadran. Pasa que atraviesan lugares poco desarrollados, con lo cual no hay fibra óptica para instalar radares. Pasa que tampoco se pueden instalar cámaras de vigilancia, aunque sean sin fibra óptica, porque, al estar en zonas despobladas o poco transitadas, durarían lo que tarda un caco en descubrirlas, cuatro o cinco minutos. Y pasa, sobre todo, que una mayoría están en lamentable estado de conservación, porque el mantenimiento es caro, y las obras de pintura o corrección de puntos negros no permiten fotos de inauguración. ¿Y para qué gastar una porrada de euros, si el consejero, alcalde o presidente de Diputación de turno no se puede hacer esa foto cortando la cinta? Así que, entre atrasos tecnológicos, ladrones temidos y ausencia de cintas que cortar, las carreteras ordinarias, con notables y honrosas excepciones, se van quedando en un penoso estado de letargo y sólo sirven para eso: para contar víctimas o para animar el debate político sobre la conveniencia de reducir en ellas la velocidad máxima o animar la inversión pública. Con lo cual, ya tenemos otra división del país: la España de las autovías y la España de las secundarias. Y no es que en una se viva mejor que en la otra. Es que en «la otra» es más habitual matarse. Exactamente, el triple de habitual.