Cuba, España, Troya

OPINIÓN

07 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

EL MINISTRO Moratinos se ha paseado por Cuba del ganchete con las autoridades del régimen castrista, ha saludado al hermano Castro que sustituye al dictador, ha repartido sonrisas y abrazos a todos los criados de la dictadura que se le han puesto por delante, se ha negado a recibir a los luchadores por la democracia en la isla caribeña y ha vuelto a España tan contento después de haber convertido en polvo la política común europea en la región. Para hacerse una idea de lo que significa la gran hazaña de nuestro ministro de Exteriores nada más útil que un símil pedagógico: imaginemos que la Cuba del 2007 fuera la España de 1974, que Fidel Castro fuera Franco, que Raúl Castro fuera Carrero Blanco y que, en visita oficial a España, un ministro socialista europeo se hubiera cansado de sonreír y hacer el caldo gordo a las autoridades del régimen franquista al mismo tiempo que se negaba a recibir en su embajada a los representantes de las fuerzas democráticas que luchaban contra Franco. ¿Qué hubieran pensado entonces en España los líderes del PSOE o del PCE? Pues probablemente lo que han pensado en Cuba, tras la gira de reconciliación de Moratinos, los representantes de la práctica totalidad de los grupos políticos y las asociaciones cívicas en torno a las cuales se organiza la oposición al castrismo: que el Gobierno socialista los ha traicionado y ha actuado como caballo de Troya contra la única política europea que había conseguido poner contra las cuerdas a la única dictadura que queda todavía en América Latina, gran promotora, por lo demás, de las que, como la venezolana, asoman ya en el horizonte. Es más, eso mismo -que nuestro Gobierno ha traicionado a las fuerzas democráticas cubanas a cambio de no se sabe muy bien qué- es lo que habrían proclamado, con toda la razón, los dirigentes socialistas y lo que habrían pensado los militantes del PSOE si cualquier Gobierno que no fuera el de Zapatero se hubiera atrevido a tanto a cambio de tan poco. Al parecer es suficiente, sin embargo, con que la política del actual Gobierno de España haya venido a cambiar la promocionada por Aznar para que esos socialistas acomodados en los establos del poder se muestren hoy plenamente satisfechos de lo que, de otro modo, les hubiera parecido, como hoy se lo parece al Partido Popular, una vergüenza. No hablo, ya, por supuesto, de esas curiosas gentes de la izquierda que juzgan a las dictaduras sólo por su color político, haciendo como si no supieran que todas -y, entre todas, la franquista y la castrista- tienen en común lo que las define como tales: la persecución de la libertad y del pluralismo.