HAY SEMANAS que tienen poco de santas y mucho de melancolía. Semanas que se cuelgan de los dedos como un padrenuestro que nadie sabe rezar. Pienso en estas cosas mientras me admiro de la sensatez de esta sociedad laica, que no se hace daño hasta después del domingo de Resurrección: este Estado no confesional que se confiesa a diario (excepto en Semana Santa y Navidad) sus múltiples rencores y navajas. Qué alivio, dirán ustedes. Hartos como yo de todo lo que sucede, excepto de las procesiones, que son una forma de reivindicar la pasión. La pasión es un asunto de fanatismo futbolero, de Romeo y Julieta, de todo por la patria... la pasión sólo la entiendo en caliente. Después me hielo: frío. A este país le falta pasión, y si no fuese por la cosa de Moratinos, uno se quedaría más beatífico que Juan Pablo, próximo santo. Moratinos, que se fue a Cuba y los del Pepé montan un cirio, pascual. Un cirio que no le montaron al ex presidente gallego y honorífico en tantas artes, don Manuel Fraga. El presidente que se fue a Cuba y que trajo media Cuba para aquí, con su castrismo y sus puros habanos. A mí, en serio, el dictador Castro me produce náuseas. Las mismas que Chávez, que es un dictador con votos. Pero, como soy agnóstico, me atrevo a decirlo al final de la Semana Santa. Los intelectuales de la gauche divine lo callan. Ellos sabrán por qué. Algunos se han convertido en hagiógrafos del castrismo y lo llevarán a los altares paganos cualquier domingo de Resurrección. Hoy, digo. Mañana regresaremos a la mina, el plan de Vigo, las dos Españas y las tres Galicias (Touriño, Quintana, Feijoo). Aunque yo me quede con el fracaso estrepitoso de las campañas de tráfico, con los muertos, con esta política punitiva que no educa: porque la educación sigue siendo cosa de segunda fila, y cuánto lo siento. Regresaremos a la monotonía, o sea, a la melancolía. Ella, a estas alturas, es más mía que todo lo que pasa. El fracaso de otra Semana Santa que nos ha dejado cicatrices. En la carretera del infierno.