Fernando Savater, la tarea del héroe


CREO QUE fue a Fernando Savater, hoy de triste actualidad tras conocerse lo que ETA le estaba preparando, a quien leí por primera vez que el País Vasco vivía bajo la vigencia de un insufrible estado de excepción: el provocado por una banda terrorista que violaba del modo más brutal la libertad y seguridad de miles de vascos no nacionalistas que, sin comerlo ni beberlo, habían pasado a constituirse en objetivos potenciales de su saña criminal.Así, mientras otros muchos -vascos y no vascos- amparaban su tranquilidad en el silencio o en aquello que todavía podía leerse y escucharse no hace tanto de que «lo de Euskadi es, en realidad, muy complicado», Savater se puso al frente de la única gran rebelión social que ha atravesado este país de norte a sur y de este a oeste, de izquierda a derecha y del Rey al más humilde ciudadano: la rebelión contra la violencia terrorista de los de la goma 2 y las pistolas y contra la amenaza y el chantaje de los que nos decían que podrían sacárnoslos de encima... al módico coste de acceder a todos sus delirios. No ha sido, por supuesto, sólo Savater, pero sin su pluma y su palabra irrepetible todo hubiese resultado más difícil. El precio que el filósofo vasco ha pagado por haber realizado una contribución tan decisiva a la educación sentimental de este país en el asunto central de cómo enfrentarse a la violencia terrorista sin ceder un ápice en la defensa de las convicciones democráticas ha sido mucho mayor que el que ya a simple vista se deriva de la terrible circunstancia de llevar viviendo muchos años protegido por escoltas destinados a impedir que los Lerín Sánchez de turno pudiesen acabar teniendo éxito. Todos lo que conocemos a Fernando sabemos que ese precio ha sido, dicho en dos palabras, el de haber tenido que convertirse en héroe contra su propia voluntad. Pues a Fernando Savater, como a la inmensa mayoría, lo que le gusta es disfrutar de la vida y no sufrirla. No hay más que conocer algunas de sus más sagradas aficiones -la buena mesa, las carreras de caballos, los cómics y, sobre todo, el placer infinito de leer- para saber que nadie así hubiera cobrado nunca el protagonismo social que a pulso se ha ganado de no haber sido por la necesidad que impone la decencia. Quien, como él, disfruta con los personajes que pueblan uno de sus libros más hermosos, La infancia recuperada (los de Stevenson, Julio Verne, Daniel Defoe o Conan Doyle), es, ante todo, un amante de la mejor forma de vivir. Un año antes de la aparición de ese libro delicioso, Savater publicó otro cuyo título - La tarea del héroe- acabaría por ser, bien a su pesar, premonitorio.

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